La guerra: un símbolo sangrante que desenmascara nuestro retroceso
Reflexiones desde el V Congreso Internacional de Geografías Literarias sobre lo que revela la violencia bélica

Redacción · Más España


He pasado la semana en Vic, en el V Congreso Internacional de Geografías Literarias. La presencialidad —las conversaciones cara a cara, los debates serenos, el paseo por calles y plazas— es un bálsamo que reivindica lo humano en un mundo de pantallas.
Pero fue precisamente en la inauguración donde la guerra irrumpió con brutal literalidad. El profesor Stewart King, de la Monash University, no pudo viajar desde Australia: los vuelos se vieron afectados por el cierre de espacios aéreos y las cancelaciones derivadas de la guerra en Irán. El profesor Pere Quer, en nombre de la organización, lamentó la ausencia y calificó el conflicto con una frase que conviene retener: «un símbol sagnant de tot allò que la humanitat encara té per recórrer». No es una hipérbole: es una constatación amarga.
La guerra revela, sin ornamento ni eufemismo, los fracasos que la técnica y el progreso no han subsanado. Somos capaces de avances notables en medicina, comunicaciones, inteligencia artificial o biotecnología, y, aun así, persistimos en la injusticia, el fanatismo, el abuso de poder y la violencia que llevan a la destrucción y a la muerte. ¿Qué clase de progreso es ese que convive con la barbarie?
En conversaciones informales con Pere, afloró la herida generacional. Quienes crecimos con el movimiento pacifista global —con la reacción al desastre de Vietnam y con las esperanzas abiertas tras el fin del franquismo— creímos que podíamos legar un mundo donde la guerra fuera una vergüenza histórica, un anacronismo relegado a los libros. La Guerra del Golfo en 1991 fue, para muchos, la primera señal de que esa confianza era prematura: la invasión de Kuwait mostró que Occidente no había aprendido las lecciones y que la guerra podía volver a erigirse en opción política y negocio.
No se trata de nostalgia ingenua. Es una constatación que exige una respuesta colectiva: recuperar la ambición moral y cívica que permita convertir la tecnología y el conocimiento en instrumentos de justicia, no en herramientas de dominación. Es necesario mirar la guerra como el síntoma más crudo de nuestras deficiencias sociales y políticas, y no como una fatalidad inevitable.
Si la presencialidad del congreso nos ofreció el consuelo de la conversación y la cultura, fue también un recordatorio incómodo: las fronteras del aire cerradas por la guerra nos recuerdan que el mundo sigue siendo vulnerable a la violencia. Ese «símbol sagnant» no puede ser solo una fórmula elegante pronunciada en un acto académico; debe ser un llamado a la responsabilidad colectiva para que la barbarie no siga marcando el paso del progreso humano.
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