La guerra en Irán amenaza el pan de millones: ¿estamos preparados?
La interrupción del paso por Ormuz pone en jaque la producción mundial de fertilizantes y millones de raciones semanales

Redacción · Más España


La crisis en el estrecho de Ormuz ha dejado de ser una noticia de agencias para convertirse en un riesgo tangible sobre la mesa de la despensa global. Lo que en apariencia es un choque regional —una guerra que bloquea el tráfico marítimo en el Golfo— se traduce, según el director ejecutivo de Yara, Svein Tore Holsether, en la paralización de hasta medio millón de toneladas de fertilizantes nitrogenados y en la pérdida potencial de 10.000 millones de raciones de comida cada semana.
No es una hipérbole: hablamos de insumos que sostienen cosechas, rendimientos y, en definitiva, la seguridad alimentaria de millones. La urea, la potasa, el amoníaco y los fosfatos —una tercera parte del comercio mundial de estos productos pasa habitualmente por Ormuz, recuerda Naciones Unidas— son ahora una cadena con eslabones a la intemperie.
¿Qué ocurre cuando faltan fertilizantes? Holsether advierte que el rendimiento de algunos cultivos puede caer hasta un 50% en la primera temporada si no se aplica fertilizante nitrogenado. Traducido a lenguaje cotidiano: menos cosechas, mayor presión sobre precios y territorios donde ya escasea la fertilización, como partes del África subsahariana, sufrirán caídas aún más significativas.
Los efectos no son inmediatos por igual en todo el planeta; las temporadas agrícolas marcan los tiempos. Mientras en Reino Unido la siembra está en pleno apogeo, en Asia muchos agricultores aún comienzan. Analistas señalan que el impacto en los precios alimentarios en Asia podría no verse hasta finales de año, cuando las cosechas previstas resulten inferiores o no existan por la falta de insumos esta primavera boreal.
A la economía agrícola se le suma una cuadrilla de problemas: costes energéticos al alza, diésel más caro para la maquinaria, insumos incrementados y, sin embargo, precios de los cultivos que todavía no compensan esos costes. Es una asfixia por varios flancos que deja al agricultor en una tesitura injusta: producir más caro para vender igual o incluso perder.
El mercado ya reacciona. El precio de los fertilizantes se ha disparado un 80% desde el inicio de la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán. Ante una prolongación del conflicto, Holsether advierte de otra amenaza: una guerra de precios por los alimentos. Si los países con capacidad financiera pueden saltarse ese mercado, las poblaciones más vulnerables en los países en desarrollo serán las que paguen la factura más dura.
Las instituciones también lanzan alertas. El Programa Mundial de Alimentos estima que las repercusiones combinadas del conflicto en Oriente Medio podrían sumar 45 millones de personas más en situación de hambre aguda en 2026. En la región de Asia y el Pacífico, la inseguridad alimentaria podría aumentar un 24%, el mayor incremento relativo de todas las regiones.
La pregunta que deberíamos hacernos, y que Holsether plantea con toda crudeza, es esta: si Europa y otros actores tienen margen para encarar una carrera de precios por el alimento, ¿qué responsabilidad tenemos respecto a quienes no pueden competir? No es un ejercicio puramente filantrópico: es una elección política que definirá quién come y quién pasa necesidad.
No hay soluciones fáciles ni inmediatas en el horizonte, pero hay certezas que no podemos ignorar: la dependencia de vías marítimas concretas, la concentración de insumos y la fragilidad de los eslabones más débiles del sistema alimentario. Reconocer la dimensión real del problema es el primer paso. Lo que sigue exige decisiones coordinadas, no complacencias retóricas: proteger a los más vulnerables y asegurar cadenas que ahora mismo tiemblan ante un conflicto que amenaza, literalmente, el pan de millones.
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