La fuerza de la risa: cuando la tragedia engendra a una payasa con misión
Gaby Muñoz transformó el borde de la muerte en un personaje escénico que interpela al sufrimiento y a la dignidad humana

Redacción · Más España


Hay momentos en que la vida, en su crudeza, ofrece una lección que pocas doctrinas pueden igualar. Gaby Muñoz lo comprobó en carne propia: una operación ambulatoria que debía ser rutina la arrojó al umbral de la muerte. Despertó entre cables, con un respirador sujetando su aliento y la visión aterradora de su padre llorando a su lado. Estuvo un mes en coma; había contraído una grave infección, sus pulmones estaban casi inutilizados y su sangre dejó de coagular. Fueron transfusiones, alarma y a la vez una posibilidad que nadie prometía con certeza.
Contra todo pronóstico, Gaby salió del coma. Es difícil hablar de suerte cuando la ciencia y la fuerza humana se entrelazan, pero esa supervivencia fue, para ella, el punto de quiebre que abriría una nueva mirada sobre las cosas. En la convalecencia encontró, no la rendición, sino la pericia de observar: errores humanos que resultaban cómicos por inoportunos, escenas pequeñas de una hospitalización que provocaban sonrisa a pesar del dolor. Un sacerdote equivocado y una hermana que, al intentar leerle para combatir el insomnio, caía dormida junto a ella; anécdotas que, vistas desde la fragilidad, tenían la cadencia del humor.
Esa capacidad de transformar lo insoportable en materia escénica no es capricho: es oficio. Gaby, con antecedentes de problemas del habla desde niña y una infancia de juegos familiares donde la fantasía fue vacuna contra la limitación, aprendió a comunicar sin palabras. Su padre, que escribía guiones y estimulaba la invención, le enseñó que el silencio puede ser igualmente elocuente. De ahí brota Chula: una payasa muda, despojada de estereotipos, que usa miradas y gestos para confrontar temas de sufrimiento, envejecimiento, desigualdad e imagen corporal.
No es mero entretenimiento lo que propone Chula: es un teatro que se planta en salas de ópera y campos de refugiados con la misma dignidad. Durante más de quince años, ese personaje ha llevado sonrisas a públicos dispares y, sobre todo, ha planteado una interrogación estética y humana: ¿qué puede el humor cuando la palabra falla? La respuesta de Gaby es contundente: el humor puede ser puente, espejo y martillo a la vez; puede sanar y revelar, tocar lo íntimo sin violentarlo.
Su trayectoria no surgió de la nada. La formación pasó por Francia y Reino Unido, por la experiencia del teatro universitario y por el descubrimiento del arte del clown. Aquellas plumas que se caían en escena y provocaban carcajadas fueron preámbulo de un método: aceptar la torpeza como lugar creativo. Y así, sin caer en la caricatura grotesca del payaso tradicional, Gaby hizo de Chula una figura seria, comprometida y profundamente humana.
En tiempos en que la cultura se debate entre lo efímero y lo espectacular, la historia de Gaby Muñoz es un recordatorio: el arte nace de la herida y puede convertirla en herramienta de encuentro. No es un mantra vacío; es la evidencia de que la adversidad, enfrentada con trabajo y mirada crítica, se transforma en legado. Chula no solo provoca risa: despierta conciencia. Y eso, a fin de cuentas, es una de las funciones más nobles del arte.
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