La escala del dolor que nos enseña por dónde pican la verdad y la cobardía
Lo que nos dicen la hormiga bala, las avispas y quienes se dejan picar sobre el coraje de afrontar la realidad

Redacción · Más España


Hubo quien decidió convertir el sufrimiento en ciencia y en escritura. Justin Schmidt, entomólogo de Arizona, se sometió a las picaduras de decenas de especies y legó al mundo —con prosa casi poética— una escala de dolor que es, a la vez, catálogo natural y espejo del carácter. Clasificó las sensaciones en cuatro niveles y acompañó cada grado con descripciones que queman la imaginación: desde el pellizco casi agradable de ciertos apoides hasta la denuncia sin ambages de lo insoportable.
El primer nivel registra lo trivial; el segundo reúne picaduras “picantes, abrasadoras”. El tercero —la auténtica tortura según Schmidt— define sensaciones explosivas y duraderas. Y el cuarto, el supremo, queda reservado a tres verdugos naturales que suenan a sentencia: la hormiga bala —“dolor puro, intenso, brillante”, una picazón que dura y marca—; la avispa caza tarántulas —“cegador, feroz, sorprendentemente eléctrico”—; y la avispa guerrera Synoeca septentrionalis —“tortura… ¿por qué empecé esta lista?”.
Schmidt no solo midió dolor; lo narró con firmeza. Murió en 2023 por complicaciones del Parkinson, pero su legado dejó una escala útil para entender cómo responden a la agresión los que pican. Y quienes siguieron su ejemplo lo hicieron sin medias tintas: Coyote Peterson, figura popular de YouTube, tomó la hoja de ruta de Schmidt para “llevarla al cine” y viajó por el mundo a que le pinchara la fauna. Peterson propuso añadir otros nivel 4: el avispón gigante japonés —“como recibir un golpe en la cara de Mike Tyson” en su descripción— y la avispa verdugo Polistes carnifex, cuya picadura, según él, produjo efectos duraderos y un daño necrótico visible en el antebrazo.
Las descripciones no son florituras: hablan de intensidad y duración. La hormiga bala ganó el apelativo de “de las 24 horas” por el tiempo que dura su tormento. Peterson relató dolores que se extendieron quizá doce horas y secuelas visibles. Aquí no hay dramatismo gratuito: hay constatación de lo que hiere y de lo que deja huella.
Algo hay que aprender de quienes se enfrentan deliberadamente al peligro para clasificarlo. Hay una ética del riesgo: medir, nombrar y advertir. Quienes estudian las picaduras nos legaron un lenguaje para discernir lo leve de lo extremo, lo pasajero de lo que deja secuelas. No es frivolidad: es servicio público.
En tiempos en que las palabras se usan para suavizar o para inflamar, conviene volver a esa escala austera. Nombrar el dolor con precisión obliga a la honradez intelectual: distinguir lo que escuece de lo que destruye. Si la naturaleza ha inventado instrumentos capaces de infligir tormentos medibles y descritos con crudeza, también nuestra vida pública exige la capacidad de ver la intensidad del daño y reaccionar con claridad —no con retórica anestésica.
Que un entomólogo catalogara con rigor y que un divulgador moderno se exponga para comprobar la verdad empírica nos recuerda algo elemental: la valentía intelectual no es exhibición, es responsabilidad. A la hora de evaluar riesgos, ya sean naturales o sociales, procede aplicar la misma escala: documentar, nombrar y alertar. Porque solo con verdad medida se toman las decisiones que evitan daños mayores.
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