La burbuja de las notas: cuando aprobar no distingue al mejor
La Selectividad mantiene porcentajes históricos que desdibujan la excelencia académica

Redacción · Más España


La fotografía es clara y desconcertante: la Selectividad, ahora devuelta a su nombre histórico de PAU, registra porcentajes de aprobados que bordean la unanimidad en varias comunidades. En Madrid, el 95,1% de los 36.864 presentados superaron la convocatoria ordinaria; en Castilla y León el porcentaje alcanzó el 98,14% con una media de 7,46; Navarra firmó un 96,98% y Murcia un 93,7% con media de 6,86. Son cifras que no pueden leerse como meros vaivenes: se trata de una burbuja de notas sostenida en el tiempo.
No es fruto de la casualidad ni del azar. Ni los intentos del PP por implantar una "prueba común" en las comunidades que gobierna ni los acuerdos de la Conferencia de Rectores (Crue) han logrado pinchar esa burbuja. Los propios responsables universitarios hablan de una "elevación ficticia": demasiados alumnos apiñados en la parte alta de la escala convierten la PAU en una tabla de barniz, incapaz de señalar con nitidez a los brillantes.
La serie histórica lo confirma y alarma: desde los años 80 —cuando los aprobados en Madrid rondaban el 60%— hasta hoy, la progresión ha sido imparable. Tras subidas, ligeras caídas y cambios de modelo (PAU, Evau, de nuevo PAU), el actual punto de partida deja a la prueba lejos de su función original: ordenar a los alumnos para el acceso a las carreras más demandadas. Si la prueba ya no discrimina, las notas de corte se convierten en una lotería inflada por diferencias territoriales.
El factor Covid no es una excusa eterna, pero dejó su rastro: una mayor optatividad que permitió exámenes a la carta disparó las calificaciones a partir de 2020. El Gobierno redujo esa optatividad el año pasado, pero las comisiones que confeccionan los exámenes —integradas por universidades, comunidades y profesores— continúan permitiendo atajos que facilitan sacar buena nota. Ejemplo concreto: en una docena de comunidades se puede obtener un 7 o más en Historia de la Filosofía sin dominar autores modernos como Kant. Son atajos que deterioran la confianza en el sistema.
La burbuja no se limita a la PAU: también hay aire inflado en los institutos. Porque la nota de Bachillerato pesa un 60% en la calificación de acceso, la elevada proporción de sobresalientes en centros determinados agrava el problema. En Murcia, el 30% de los alumnos afronta la PAU con media de 9 o 10 en Bachillerato; porcentajes similares aparecen en Extremadura (28%), Andalucía (27%) o Canarias (23%). La paradoja es brutal: comunidades con altos porcentajes de sobresalientes conviven con territorios que, según PISA, obtienen rendimientos más bajos en 15 años.
El resultado es doblemente injusto: cada vez hay más universitarios sin que las plazas públicas crezcan en la misma proporción, y la nota obtenida en una comunidad vale para acceder a cualquier universidad del país, pese a que los exámenes no mantienen el mismo nivel de dificultad. ¿Qué pasa con la igualdad de oportunidades y con la calidad académica cuando las calificaciones se inflan y las notas de corte se disparan en polos atractivos como Madrid?
Corregir esta distorsión exige medidas firmes y coordinadas: homogeneidad real en los criterios de examen, control efectivo sobre la optatividad residual, y transparencia en los usos y prácticas de las comisiones examinadoras. No valen parches ni eslóganes: la educación universitaria merece estándares que recuperen la función selectiva de la PAU y, sobre todo, la confianza de alumnos y familias. Porque cuando aprobar deja de distinguir al mejor, se degrada el mérito y se empobrece el sistema que debe formar a las élites del futuro.
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