Cultura

Khadija Amin: la voz afgana que obliga a mirarnos al espejo

Refugiada, periodista y activista, su testimonio desarma mitos y exige coherencia pública

Redacción Más España

Redacción · Más España

7 de marzo de 2026 3 min de lectura
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Khadija Amin: la voz afgana que obliga a mirarnos al espejo
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Khadija Amin llegó a Madrid después del regreso de los talibanes al poder en 2021. Fue figura de Radio Televisión Afganistán (RTA). Hoy dirige desde la capital española la asociación Esperanza de Libertad y presenta el libro testimonial Sin velo (Editorial Debate). Esos tres hechos —periodista, refugiada, activista— no son títulos ornamentales: son una cadena de obligaciones morales que nos interpela.

Hablar de la condición de la mujer afgana según Khadija es hablar de criminalización por el mero hecho de nacer mujer. Ella cuenta, con la precisión de quien ha vivido el asedio, que en Afganistán muchas mujeres aceptan su situación porque carecen de educación y porque les han dicho que obedecer es normal. Afirma también que el país no fue siempre así: hay fotos de su madre sin velo, en minifalda, que desmienten la narrativa única y perpetua que algunos desean imponer como destino inmutable.

Ese recordatorio histórico es un desafío para nuestros debates culturales. Khadija no oculta su conflicto personal: se considera mujer musulmana y feminista, pero exclama que hablar de feministas musulmanas resulta «complicado, a veces casi contradictorio». Y razona con evidencia inmediata: el islam, tal como ella lo vive y describe, impone el tapado; el feminismo defiende lo contrario. De ese choque nacen tensiones íntimas —llevar o no el velo, la culpa en Ramadán, la libertad recién conquistada en el exilio— que no admiten simplificaciones retóricas.

Su denuncia sobre el burka es nítida y contundente: lo califica de imposición masculina y afirma que ninguna mujer desea realmente llevarlo. Es una apelación directa a la defensa de la libertad individual contra las coacciones culturales y familiares. Y plantea una pregunta inquietante: si en Afganistán es una imposición, ¿cómo es posible que en Europa se tolere también su presencia en algunos contextos, sin plantearse la protección de esas mujeres? Esa pregunta, lanzada desde la experiencia, obliga a distinguir entre libertad religiosa y prácticas forzadas.

Khadija no sólo habla del velo. Relata el proceso que truncó su carrera: cuando los talibanes regresaron la llamaron desde la redacción para que no volviese; la amenazaron; fue, resistió y acabó denunciando la opresión en medios internacionales. Un periodista de El País facilitó su traslado a España. Aquí obtuvo la condición de refugiada; busca la nacionalidad; perdió el contacto con sus tres hijos hace dos años y planea con minuciosidad legal su reencuentro. Son hechos que pesan y que definen la urgencia humana detrás de su voz pública.

En Madrid ha rehecho su vida profesional: escribió para 20 minutos y trabaja en una productora audiovisual de Telefónica. También hizo un curso de cocina pensando que quizá no podría ejercer el periodismo. Esos hechos hablan de adaptación, de talento y de discreta grandeza. Pero Khadija advierte que su acceso a oportunidades no es la regla: ve a otras mujeres en situaciones muy distintas, atrapadas por el idioma, el aislamiento y el miedo.

En esa lección hay otra exigencia pública: las políticas de asilo y la retórica política. La activista acusa a políticos que hablan de las mujeres afganas “sólo cuando quieren” y pregunta dónde está ese apoyo cuando se deniegan solicitudes de asilo en embajadas en Pakistán e Iraq. No es una invectiva hueca; es una llamada a la coherencia entre palabras y actos. Si defendemos valores, la primera prueba es cómo protegemos a quienes los pierden por ser mujeres.

Finalmente, su relato interpela a los medios y a la cultura política: no basta con tratar el tema como pieza de agenda puntual. El testimonio de Khadija exige que nuestras instituciones, nuestros políticos y nuestros medios actúen con rigor y responsabilidad. Sus banderas afganas en el salón, su libro, su asociación y su ausencia de los hijos no son meros símbolos: son el contrato moral que nos pone frente a la decisión colectiva sobre qué significa defender la libertad y los derechos en el siglo XXI.

Que su voz resuene aquí no es casualidad: es una obligación. Si queremos llamarnos defensores de la libertad, empecemos por escuchar, por proteger y por traducir la indignación en políticas que permitan a mujeres como Khadija reunirse con sus hijos, rehacer su vida y seguir hablando sin temor. Esa es la medida real de nuestros valores.

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