IU ante el laberinto confederal: ¿federalismo de papel o rendición territorial?
A punto de cumplir 40 años, la histórica formación encara el dilema de encajar como fuerza estatal en una alianza marcada por demandas territoriales

Redacción · Más España


Izquierda Unida llega a su 40º aniversario con una doble faz que duele y reclama explicación. Por un lado, las encuestas —como la de 40dB citada por El País— sitúan a IU como la fuerza alternativa de la izquierda que menos rechazo genera en su propio espacio. Por otro, el mapa coalicional que dibuja Sumar, de carácter confederal, abre una grieta de incertidumbre sobre el papel que puede y debe jugar la formación: ¿será fuerza estatal o sucumbirá a la lógica de los “territorios”?
No se trata de nostalgia. IU lleva más de una década encajando cambios: desde la irrupción de Podemos en 2014, pasando por Unidos Podemos y Unidas Podemos, hasta integrarse en Sumar en 2023. Ese tránsito ha supuesto pasar de ser fuerza principal a ocupar un lugar relevante pero subordinado en alianzas sucesivas que —según el propio recuento periodístico— no han colocado a la organización al frente de candidaturas presidenciales desde 2015.
Las heridas de anteriores acomodos no son menores. La periferia de la representación europea en 2024 —con IU en el número 4 de la lista de Sumar y la consiguiente exclusión de la Eurocámara por primera vez—, y la configuración de listas en las andaluzas de 2022 que redujo la presencia efectiva de IU en el Parlamento andaluz, son antecedentes que alimentan recelos. Es legítimo preguntar si esos sacrificios tácticos han sido proporcionados y si han servido al interés general del espacio de la izquierda.
La naturaleza confederal del proyecto Sumar añade leña al fuego. En 2023, Sumar se quedó fuera en numerosas circunscripciones —como recuerda la información—, y las proyecciones electorales, si no mejoran respecto a las encuestas, auguran riesgos en circunscripciones de seis, siete u ocho escaños. Esa posibilidad no es meramente técnica: condiciona quién manda en cada territorio y quién pudo mantener o perder representación.
El choque de lógicas es palpable: lo confederal, interpretado como arreglo de intereses territoriales, frente a la tradición federal de IU, entendida por sus defensores como una unión voluntaria en torno a un interés común. Hay quienes alertan de que IU será la más perjudicada dentro de esa dinámica; otros apuestan por una lectura menos apocalíptica y reivindican la capacidad de negociación de la organización, su arraigo y la visión de conjunto que aporta para que el acuerdo favorezca a todos.
Hay matices también en las regiones. En Cataluña, la integración de Esquerra Unida en los Comunes puede facilitar el encaje; es un dato concreto que apunta a una articulación más sencilla en ese territorio. Pero las declaraciones públicas de líderes de otras fuerzas que reivindican “conservar su arraigo” en sus espacios, citando explícitamente ejemplos como Más Madrid, los Comunes o “IU en Andalucía”, han sembrado inquietud sobre cómo se repartirán las hegemonías territoriales dentro de la alianza.
IU afronta, por tanto, una encrucijada que no admite atajos retóricos: mantener su condición de fuerza estatal con capacidad de representar una visión de conjunto, o aceptar que su acción quede constreñida a parcelas autonómicas decididas por otros socios. No inventamos apocalipsis; tomamos notas de antecedentes y de preocupaciones internas expresadas públicamente. La decisión —cuando toque perfilar listas y equilibrio de fuerzas— marcará si estos cuarenta años se celebran como aniversario de fortaleza o como conmemoración de un gradual empequeñecimiento político.
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