Islas divididas: trazos fronterizos que desafían la lógica y la historia
De Märket a Borneo, pequeñas tierras con fronteras que cuentan grandes relatos

Redacción · Más España


En un planeta donde casi cada metro cuadrado responde a una soberanía, existen piezas geográficas que ponen en jaque la idea simple de un Estado único sobre un territorio. Son islas diminutas o vastas, testigos de tratados, guerras, acuerdos y azares cartográficos que hoy aparecen, con toda su singularidad, en los atlas y en las historias nacionales.
Märket, un peñasco en el mar Báltico de apenas 350 por 150 metros, resume la mezcla de pragmatismo y orgullo nórdico: la frontera trazada en 1809 terminó siendo recta hasta que un faro construido en 1885 quedó sobre territorio sueco. Décadas de indiferencia mutua dieron paso, en 1985, a una solución diplomática que redibujó la línea para colocar el faro en Finlandia sin alterar las costas ni los derechos de pesca. El resultado es una frontera en forma de S que parece más una obra de ingeniería jurídica que un límite natural. No hay población permanente; sí hay historia y, para los radioaficionados, un atractivo rarísimo.
Usedom, en el Báltico también, concentra siglos en cada kilómetro: desde balnearios prusianos hasta un capítulo oscuro de la Segunda Guerra Mundial. Allí, en Peenemünde, se construyó una fábrica clandestina y un centro de investigación donde se desarrollaron los cohetes V-2, prototipo de tecnología que cambiaría la guerra y abriría sendas hacia el espacio. La isla muestra cómo un paisaje de veraneo puede ocultar proyectos que marcaron el siglo XX.
En la otra escala, Borneo es la excepción que confirma la norma: la única isla compartida por tres Estados. Su reparto histórico —Indonesia en la mayor parte, Malasia en el norte desde 1963 y el pequeño sultanato de Brunei— es el eco de colonizaciones y reorganizaciones políticas que sobreviven a los imperios que las engendraron.
La Española devuelve, en su doble faz, la huella colonial que todavía divide pueblos: hoy con Haití en la porción occidental y la República Dominicana en la oriental, una partición que arrastra lenguajes de imperio y procesos históricos distintos.
No todas las separaciones condujeron al conflicto abierto. El acuerdo entre Chile y Argentina de 1881 sobre la Isla Grande de Tierra del Fuego es ejemplo de una solución pactada: una línea imaginaria para compartir uno de los confines más australes del mundo. Otros territorios, como Irlanda o Chipre, muestran que la división política puede devenir en fuente de tensiones o de violencia, según las circunstancias.
Y cabe recordar la sorpresa cartográfica: Japón, que en 2023 elevó su conteo de islas de 6.852 a 14.125 gracias a avances en cartografía, y Suecia, que lidera el ranking con 267.570 islas según WorldAtlas. Son cifras que hablan de la vastedad insular del planeta y de la complejidad para administrar y entender fronteras cuando la geografía se torna minuciosa.
Estas historias no son folclore: son lecciones sobre cómo las fronteras se trazan por tratados, por caprichos, por farsas militares, por faros y por alfabetos cartográficos. Nos recuerdan que la soberanía no siempre es una línea recta y que, a veces, un simple peñasco puede exigir inventiva diplomática para evitar disputas mayores.
En suma: miren los mapas con ojos despiertos. Bajo apariencias tranquilas hay curvas, puntos y cláusulas que cuentan la historia de naciones, de potencias y de acuerdos que aún condicionan la vida en islas que, pese a su tamaño, reclaman un sitio en la crónica mundial.
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