Irán revela su verdad: una teocracia que concentra poder y controla la vida
La designación de Mojtaba Jamenei confirma un sistema donde la religión manda y el Estado se blindó contra la oposición

Redacción · Más España


El pasado reemplazo del liderazgo supremo en Irán no es un simple relevo familiar: es la materialización de un diseño institucional que convierte la autoridad religiosa en poder político sin contrapesos. Mojtaba Jamenei sucede a su padre, Alí Jamenei, quien murió en los ataques coordinados de Estados Unidos e Israel el 28 de febrero. La nueva investidura no altera la esencia del régimen: el líder supremo sigue siendo el eje donde se concentran decisiones militares, judiciales y mediáticas.
Ese eje formaliza un hecho esencial y contundente: Irán es un Estado con instituciones electas en apariencia —parlamento y presidencia—, pero en la práctica todo queda supeditado a la figura del líder supremo. Él puede vetar políticas, nombra a los altos mandos militares, designa al jefe del poder judicial y al director de la radiodifusión estatal. Es, como lo define un especialista citado por BBC Mundo, “otro rey, pero un rey religioso”. No es mera metáfora: es el registro del poder absoluto moderno revestido de sacralidad.
El entramado que sostiene esa concentración no es improvisado. El Consejo de Guardianes revisa y aprueba la legislación parlamentaria y actúa como filtro en los procesos electorales, evaluando a todos los candidatos. La Asamblea de Expertos, integrada por 88 miembros elegidos por voto popular pero restringida a clérigos varones con rango de mojtahed, eligió al nuevo líder y en teoría supervisa su desempeño, aunque en la práctica ese control es simbólico cuando no inexistente. Son muros institucionales diseñados para preservar la continuidad teocrática.
El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) aparece, una vez más, como columna vertebral del régimen. Nacido como ejército paralelo tras la revolución de 1979 para defender el nuevo orden, se ha mantenido leal y se erige en garante de la supervivencia del sistema. Junto a los resortes legales y religiosos, la coerción y la lealtad militar completan la fórmula de estabilidad autoritaria.
La teocracia no se limita a los despachos: se impone en las calles y en la vida cotidiana. La obligación del hiyab para las mujeres y la actuación de la llamada policía de la moral son expresiones palpables de un régimen que legisla la conducta privada. La trágica muerte de Mahsa Amini en 2022 —una joven kurda de 22 años que falleció tras ser detenida por ese organismo— y las masivas protestas que desencadenó son prueba de que la imposición religiosa del Estado tiene efectos brutales y resonancia social.
El régimen que hoy refuerza su continuidad no surgió de la nada. Antes de 1979, Irán era una monarquía con un clero de poder limitado; la revolución que derrocó al sha Mohammad Reza Pahlavi congregó fuerzas diversas. Pero fue la figura carismática y doctrinal del ayatolá Ruhollah Jomeini la que, desde el exilio, impulsó la tutela clerical sobre la política: la reinterpretación del velayat-e faqih convirtió la idea en columna vertebral del Estado.
Nada de lo anterior admite suavizantes: la combinación de una investidura con poderes casi omnímodos, órganos institucionales filtradores, una guardia armada leal y normas que penetran la vida privada explican por qué la teocracia persiste. Con Mojtaba Jamenei al frente, ese andamiaje sigue operativo. Que nadie espere cambios sustantivos por la mera sucesión dinástica: el régimen continúa siendo, en esencia, la fusión de la sacralidad y la dominación política.
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