Frente común europeo: Sánchez planta batalla y Europa decide si tiene voz propia
La cumbre de Bruselas será la prueba de si la UE frena la deriva belicista de Washington o cede ante Alemania

Redacción · Más España


La política exterior no admite circunloquios cuando la guerra domina la agenda. La guerra en Irán y sus efectos económicos y migratorios llenan el horizonte político: desde la campaña regional en Castilla y León hasta las mesas del Gobierno, la crisis marca decisiones y urgencias.
Pedro Sánchez llega a Bruselas con una intención explícita y fundada: arrastrar a más países hacia una condena clara de la guerra lanzada por la Administración de Estados Unidos. No se trata de retórica: fuentes del Ejecutivo confirman que España busca una “denuncia de esta guerra” por ilegal, equivocada y contraproducente. Esa es la ambición declarada con la que Sánchez quiere forjar un estado de opinión europeo que revele que la UE defiende el multilateralismo, la ONU y un orden internacional basado en reglas.
Sin embargo, la batalla no será sencilla. Alemania, con Friedrich Merz como figura contraria, aparece como un obstáculo relevante. El alejamiento entre Madrid y Berlín, según distintos interlocutores del Gobierno, ha crecido con la guerra y con la divergencia sobre la relación con Washington. Lo que era cercanía política para pactar grandes líneas europeas se ha transformado en discrepancia sobre la respuesta ante la acción estadounidense.
En La Moncloa hay malestar por gestos institucionales que, aunque rectificados, alimentaron la sensación de dudas en el seno europeo: la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, tuvo que matizar unas palabras que relativizaban la defensa del orden internacional basado en reglas, en un movimiento que distintas fuentes atribuyen a la influencia alemana. La rectificación —y las críticas internas de figuras como Yolanda Díaz y José Manuel Albares— evidencian que en Madrid se percibe una batalla no solo diplomática sino también narrativa.
Los argumentos que esgrime el Ejecutivo español son claros y ceñidos al hecho: la acción de Trump —incluida la autorización a la compra de petróleo ruso que obvia sanciones europeas— ha alimentado un enfado creciente en la UE y la sensación de que Washington actúa sin consultar a sus socios. Esa percepción impulsa a España a buscar aliados que rompan el silencio y sostengan una posición firme en el Consejo Europeo.
No obstante, las fuentes consultadas reconocen la realidad práctica: varias cancillerías aún muestran temor. Italia, por ejemplo, tardó días en pronunciarse y acabó girando en contra de la guerra, según las mismas fuentes. La opinión pública europea, sostienen en el Ejecutivo, está virando y presiona a gobiernos reticentes, pero la dinámica diplomática exige mayoría y consenso, y aquí es donde Sánchez va a medir fuerzas.
En el plano doméstico, la guerra condiciona también la respuesta social y económica: el Gobierno trabaja en medidas para mitigar los efectos, con un alivio fiscal relevante en materia energética que concentre ayudas en los sectores más afectados —campo, transporte, familias vulnerables— y medidas más amplias que, previsiblemente, se desplegarán tras la cumbre. Los ministros del PSOE y de Sumar debaten la profundidad de la respuesta y negocian con socios para impedir que la oposición tumbe un escudo social indispensable.
La cumbre del jueves se presenta, pues, como la gran prueba: o la UE logra articular una denuncia nítida y conjunta de la ofensiva estadounidense, como reclama España, o se abre una fractura en la que el peso de Alemania y otras reticencias marcarán el paso. No es un debate académico: las decisiones que adopte Europa determinarán cómo se protege la economía, cómo se prepara la gestión migratoria y, en última instancia, si el bloque mantiene un perfil autónomo en el tablero internacional.
Sánchez lo sabe y viaja con esa conciencia de riesgo y oportunidad. Si en Bruselas se logra crear ese estado de opinión claro —como confían fuentes del Gobierno—, España podrá reivindicar algo más que una protesta: una voz europea que defienda el multilateralismo frente a decisiones unilaterales. Si no, la UE habrá perdido otra ocasión para hablar con unidad y con autoridad en asuntos que definen la seguridad y el bienestar del continente.
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