Europa no puede ser convidada de piedra ante la guerra que nos golpea
Albares exige una voz europea contundente mientras España defiende la paz y su soberanía

Redacción · Más España


Viernes 6 de marzo. D+6 de una guerra que ya no es sólo lejana: nos toca. Más de un millar de muertos, cientos de miles desplazados, y los precios del petróleo y del gas que suben en los mercados internacionales. Así lo dibuja el escenario que describe José Manuel Albares tras regresar de La Rábida. No son hipérboles: son las consecuencias inmediatas que la propia fuente relata.
Albares apela al derecho internacional como frontera ética y práctica: «Sin derecho internacional, es la ley de la selva». No es retórica vana; es la brújula que, según el ministro, distingue la misión de paz de la acción unilateral que ha encendido la mecha. Esa distinción informa la posición de España: el «No a la guerra» no es eslogan de pancarta sino sentimiento mayoritario, dice el ministro, y la política exterior española se ancla en esa convicción.
La entrevista no esquiva la controversia interna. Feijóo, afirma Albares, confunde derechos humanos con derecho internacional. Y sobre la tentación de equiparar misiones para preservar el espacio aéreo europeo con actos de guerra, el ministro reivindica la diferencia. La fragata Cristóbal Colón, comenta, forma parte de una misión de paz destinada a garantizar la seguridad de la UE; el presidente está dispuesto a comparecer para aclararlo.
Hay un reproche directo a la cacofonía europea: «esta guerra [...] afecta mucho más que al promotor», sostiene Albares, y advierte de riesgos concretos —alza del coste de la vida y una crisis de refugiados que podría superar la de 2015— que golpean a españoles y europeos. No es un discurso abstracto: es la intersección entre valores y intereses nacionales. Por eso España alza la voz por la paz.
Frente a presiones exteriores, Albares reivindica la soberanía de las decisiones nacionales fundadas en la Carta de Naciones Unidas y en el derecho internacional. Reconoce que ha habido declaraciones y amenazas, pero subraya que la Comisión ya advirtió de que cualquier coerción sobre un Estado miembro sería respondida de manera conjunta. Esa referencia apunta a que la respuesta europea no puede reducirse a gestos individuales.
Finalmente, hay una petición franca: una voz europea «más firme, más clara, más contundente». España se coloca a la cabeza de ese llamamiento y, según el ministro, cada día se suman más voces europeas. La exigencia es doble: coherencia moral y eficacia política. Porque cuando el vecindario del sur y del este de Europa arde, no basta con mirar; hay que actuar con firmeza y con unidad.
No invento futuro ni certidumbres: repito lo narrado por quien dirige la diplomacia española en una entrevista concisa y marcada por la urgencia. Son hechos, palabras y advertencias que reclaman respuesta colectiva. La pregunta que queda, y que la Unión Europea deberá responder, es si actuará como actor soberano y solidario o si seguirá siendo espectadora de los fragmentos que deja la guerra.
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