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¿Estamos dejando al Rey en el banquillo de nuestra diplomacia?

Críticas de diplomáticos señalan el ninguneo de un activo clave en la política exterior

Redacción Más España

Redacción · Más España

15 de marzo de 2026 3 min de lectura
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¿Estamos dejando al Rey en el banquillo de nuestra diplomacia?
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Que el Rey ejerce una función de máxima representación en las relaciones internacionales no es teoría ornamental: es realidad práctica y reconocida. Felipe VI heredó de la Corona —y del legado de su padre, descrito en el libro de Charles Powell— una capacidad de influencia exterior que la diplomacia clásica denomina «soft power». Ese capital moral y simbólico, según voces acreditadas del servicio exterior, está siendo desaprovechado.

La instantánea del Rey con la opositora venezolana María Corina Machado en Chile es ejemplo palmario. Un encuentro fuera de agenda, sin la presencia del ministro de Exteriores y de perfil casi lateral, que sin embargo produjo un efecto inmediato en la proyección española. No es un detalle menor recordar que el Gobierno no felicitó a Machado por el Premio Nobel de la Paz, decisión que, apuntan diplomáticos, buscó no ofender determinadas sensibilidades.

Y ahí surge la denuncia de fondo: el ministro de Exteriores —que, según fuentes consultadas, se borra con frecuencia de los viajes que realiza el Monarca a Iberoamérica— no acompaña sistemáticamente al jefe del Estado. Desde que Don Felipe se instaló en el Palacio de Viana, Albares ha estado ausente en la mitad de las 14 tomas a las que el Rey ha asistido acompañado sólo por un secretario de Estado, según los datos manejados por quienes conocen la rutina institucional.

No es baladí. Jorge Dezcállar, exembajador y exdirector del CNI, lo resume sin ambages: no utilizar al Rey en política exterior es un error; ningunearlo, además, lo rebaja ante el mundo y, a juicio suyo, incumple la Constitución. No hablamos de especulación retórica, sino de una queja expresada por quienes han ocupado puestos de responsabilidad en el servicio exterior.

A ello se suma una percepción inquietante: el jefe del Gobierno, en sus intervenciones públicas, asume una retórica que a veces suena a usurpación de la jefatura del Estado, según críticos que citan su alocución sobre el papel español en la guerra de Irán. Hablar como si uno fuera la encarnación de la nación, obviando el Parlamento y la Corona, no ayuda a una arquitectura institucional equilibrada.

Los diplomáticos consultados trazan un diagnóstico claro y práctico: España necesita una política exterior con estrategia —no supeditada a la política interior— que aproveche la impronta ceremonial y estratégica de los viajes de Estado. La presencia de los Reyes, recuerdan, tiene efectos potentes y duraderos en muchos países; la experiencia con Don Juan Carlos y las interlocuciones directas con Estados Unidos, Rusia o países iberoamericanos no son mera nostalgia bibliográfica, sino ejemplos de utilidad constatada.

Queda, además, un calendario próximo que exige sentido de Estado: la cumbre iberoamericana que España acogerá este año es citada por diplomáticos como una oportunidad para recuperar iniciativa y coherencia en la proyección exterior. Pero para ello hace falta coordinación: más viajes planificados para el Rey, y que Albares cumpla con lo que, insisten, manda la Constitución: acompañarlo cuando corresponde.

La pregunta no es retórica: si contamos con un activo de confianza internacional, de talla y fiabilidad reconocidas, ¿por qué dejarlo a medias, relegado a encuentros improvisados y a la soledad protocolaria? No es cuestión de protagonismos; es cuestión de eficacia y de defensa del interés nacional. Ningunear a un recurso del Estado es un lujo que, según quien habla desde la diplomacia, no podemos permitirnos.

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