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España plantó cara y Washington rugió sin morder

El veto a los vuelos a la operación 'Furia Épica' desafía la retórica de Trump sin provocar, por ahora, represalias

Redacción Más España

Redacción · Más España

31 de marzo de 2026 3 min de lectura
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España tomó una decisión soberana y nítida: negar el uso de sus bases y de su espacio aéreo a las aeronaves implicadas en la operación conjunta contra Irán conocida como "Furia Épica". Rota y Morón quedaron fuera del tablero operativo. No es un gesto de teatro; es la traducción práctica de una posición política que el Gobierno sitúa en la defensa del derecho internacional.

La reacción de la Casa Blanca fue inmediata en palabras. Donald Trump calificó a España de "perdedora" y amenazó con cortar relaciones comerciales. Pero las amenazas no se han convertido en hechos tangibles: un mes después del ataque, bienes y servicios siguen cruzando el Atlántico y las empresas españolas, según el vicepresidente primero, Carlos Cuerpo, operan "en las mismas condiciones" que las francesas o alemanas. ¿Dónde están, entonces, las consecuencias que pintaba la jauría mediática del ruido presidencial?

La realidad es más prosaica y menos escénica que la retórica: la negativa española forzó reubicaciones. El Pentágono había solicitado el establecimiento de bombarderos en bases españolas; la negativa condujo a que esos recursos se asentaran en el Reino Unido y a que una quincena de aeronaves de apoyo se desplazaran desde Morón y Rota a otras dotaciones. Lo que el Gobierno defiende es coherencia: "no participar en una guerra iniciada en contra del derecho internacional", en palabras del propio Ejecutivo.

Dentro del Ejecutivo hubo unidad expresiva. El ministro de Exteriores, José Manuel Albares, califica la relación con Estados Unidos de "fluida" y niega que se contemple la ruptura. La ministra de Defensa, Margarita Robles, denunció el carácter "profundamente ilegal e injusto" de la guerra. El vicepresidente Cuerpo habló de contactos normales con la embajada estadounidense y de esfuerzos por reforzar la relación bilateral. Es una apuesta diplomática por gestionar la discrepancia sin dejarse arrastrar por la hipérbole.

No faltaron las críticas —es inevitable en democracia—. La izquierda de Unidas Podemos pidió ir más allá: expulsar a los soldados estadounidenses de Rota y Morón y plantear la salida de la OTAN. El PP, por su parte, habló de improvisación e hipocresía: si no se estaba cooperando, se preguntan, ¿por qué adoptar ahora la decisión? Son preguntas legítimas que reclaman respuestas y precisión en el relato político.

Los hechos, sin embargo, muestran que la negativa española no fue súbita ni improvisada. Hubo semanas de negociación antes del ataque del 28 de febrero. España rechazó autorizar bases y el uso del espacio aéreo para actuaciones relacionadas con la guerra desde el primer momento, según dijo la ministra de Defensa. Esa anticipación explica que la decisión no haya paralizado de facto la relación bilateral: la crisis se gestionó a base de diálogo técnico y político, no de colisiones frontales.

Queda la incógnita sobre qué puede hacer, en la práctica, un presidente imprevisible más allá de las palabras. El propio Trump llegó a advertir que podrían usar las bases si quisieran. Pero hasta ahora la amenaza se ha quedado en retórica y en la necesidad de sortear el espacio aéreo español: un recordatorio de que la guerra tiene costes operativos y de que la soberanía no es moneda de cambio fácil.

España eligió no ser plataforma logística de una ofensiva que califica como contraria al derecho internacional. Esa elección ha exigido gestionar en paralelo la urgencia diplomática con Washington, la presión política interna y la imagen exterior. No todas las decisiones de Estado producen tempestades visibles; algunas reconfiguran rutas y desplazan capacidades. En política exterior, como en la mar, a veces basta con cerrar una puerta para forzar al viento a cambiar de rumbo.

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