En las carreteras se escribe la entrega: Tráfico, la especialidad que más ha dado su vida
Casi 65 años de presencia permanente en las vías y 346 caídos en acto de servicio

Redacción · Más España


La Agrupación de Tráfico de la Guardia Civil nació el 26 de agosto de 1959 con 402 agentes y una misión tan clara como arriesgada: vigilar, proteger y auxiliar a los usuarios de las carreteras. Su primer servicio, la noche del 5 al 6 de septiembre de 1959 en la nacional de Extremadura (N-5), ya reflejó el sentido de esa tarea: abrir paso y salvar una vida, la de una niña gravemente enferma que fue conducida hasta una clínica de Madrid.
Desde aquella madrugada han pasado seis décadas y media en las que la labor diaria de estos hombres y mujeres en las vías del país ha pagado un alto tributo. Según los registros, 346 guardias han perdido la vida en acto de servicio en la especialidad de Tráfico. No son números fríos: son historias de motoristas, conductores y auxiliares que trabajaban bajo la intemperie, de día y de noche, frente a condiciones meteorológicas cambiantes y al riesgo constante del tráfico.
La casuística de esas muertes cubre la dureza del oficio: 299 se debieron a accidentes viales; 28 fueron causadas por terrorismo (25 atribuibles a ETA, dos al Grapo y uno al FRAP); 12 surgieron de agresiones por parte de delincuentes; tres por enfermedades en acto de servicio (dos por covid y una por infarto); dos por siniestro aéreo y otros dos por causas diversas, según detalla el coronel Rafael Aparicio.
Entre los episodios más duros figuran asesinatos a sangre fría y atentados que marcaron la memoria colectiva. El primer fallecido por acción de la banda terrorista ETA fue el agente José Antonio Pardines, abatido el 7 de junio de 1968 mientras regulaba el tráfico en la carretera N-1, en Aduna (Gipuzkoa). Y el 14 de julio de 1986 la explosión de un coche bomba en la plaza de la República Dominicana (Madrid) segó la vida de 12 guardias civiles y dejó decenas de heridos: uno de los atentados con mayor número de víctimas de la banda.
No todas las muertes responden a la violencia de otros. Hay sacrificios que brotan del deber de proteger a terceros. El motorista Dámaso Guillén falleció el 1 de abril de 2023 en Beifar (Pravia, Asturias) al interponerse para salvar a ciclistas juveniles en una prueba amateur; su gesto costó la vida y mereció el reconocimiento posterior: la Unidad de Movilidad y Seguridad Vial que vigila la Vuelta Ciclista a España lleva hoy su nombre. La memoria se repite también en puntos de carretera donde los compañeros rinden honores a Eusebio García Flores, muerto el 8 de septiembre de 2014 en Proaza (Asturias) al salir de la vía con su motocicleta.
En la última década (2016-2025) la Agrupación ha contabilizado 17 fallecidos: 13 por siniestros viales —entre ellos 11 motoristas, un peatón y otro en vehículo—. Las carreteras convencionales acumulan la mayor parte de esos episodios, con nueve casos, mientras que autovías y autopistas sumaron cuatro. Las causas técnicas apuntan a maniobras peligrosas, salidas de vía, colisiones, caídas en la calzada y atropellos, según el análisis oficial. Curiosamente, hubo dos años sin víctimas mortales: 2022 y 2024.
Es imposible leer estas cifras sin preguntarse por el orgullo y la responsabilidad que anidan en la función de quienes patrullan nuestras rutas. La vigilancia vial no es un adorno administrativo: es la primera línea de auxilio y de prevención. Y cuando un guardia cae en acto de servicio, lo que se pierde no puede compensarse únicamente con palabras. La lista de 346 caídos obliga a reconocer la naturaleza peligrosa y esencial de su trabajo, a mantener viva la memoria de los que dieron la vida y a extraer, de esos sacrificios, lecciones para mejorar la seguridad vial y las condiciones en que se desempeñan.
Que la historia de la Agrupación de Tráfico sirva, por tanto, de recordatorio: en cada kilómetro patrullado hay una responsabilidad pública que exige respeto, recursos y memoria. Ellos fueron, y son, los guías en las vías; su legado no admite olvido.
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