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El trono hecho cenizas: la triste muerte del último sultán otomano

Mehmed VI Vahideddin murió en el exilio, sin recursos y con su ataúd embargado

Redacción Más España

Redacción · Más España

16 de mayo de 2026 2 min de lectura
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El trono hecho cenizas: la triste muerte del último sultán otomano
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La historia, a veces, es un espejo implacable que devuelve la imagen de la grandeza transformada en ruina. Mehmed VI Vahideddin subió al trono en 1918 y encontró no un cetro, sino las cenizas de seis siglos de dinastía osmanlí. No fue un mal reinado: le tocó un mal momento para ser sultán.

Llegó a la corona tras la muerte de su hermano, en un Imperio otomano deshecho por la Primera Guerra Mundial y por la derrota junto a las potencias centrales. Lo describen los especialistas citados por BBC Mundo: un hombre no hambriento de poder, prudente, educado, que afrontó una situación que le sobrepasaba. Dudó incluso en aceptar el cargo, consciente de que heredaba una bomba de tiempo.

Su soledad política y personal fue patente: palacios vacíos, ausencia de amigos, círculos íntimos sin patrocinadores ni apoyos financieros. La sombra de los Jóvenes Turcos —que habían reducido y depuesto a miembros de su familia— marcó su desconfianza y su miedo. Cuando la historia empuja, las instituciones se rompen; y cuando faltan recursos, hasta la dignidad material se resquebraja.

El final fue de una tristeza portadora de lecciones. Exiliado en Italia, murió el 16 de mayo de 1926 tras un problema cardíaco. La prensa y los académicos relatan que se había quedado “sin dinero”: vendió medallas, no podía costear medicinas cuya receta, ironía cruel, apareció debajo de su almohada. Las deudas fueron tan reales que los acreedores llegaron al extremo de embargar su ataúd, retrasando su funeral.

Hubo, no obstante, un acto de lealtad familiar: su hija Sabiha Sultan recaudó fondos y logró trasladarlo a Damasco para su entierro. Un cierre humilde para quien fue, en otra época, la cabeza de una superpotencia que se expandió por tres continentes. La imagen del último sultán exiliado en un barco británico, sin rumbo claro, es la metáfora de una era que se despidió entre humillaciones materiales y derrotas políticas.

Este episodio histórico no es mero patetismo: es recordatorio de que los grandes imperios también sucumben por desgaste interno, por errores de cálculo y por la pérdida de legitimidad material y moral. Mehmed VI murió en la ruina y profundamente endeudado; su historia obliga a repensar cómo el poder, sin bases sólidas, se convierte en ceniza antes de apagarse definitivamente.

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