El pulso de Abascal: ¿hasta dónde llegará la ola ultra en Castilla y León?
Una campaña de selfies, plazas y choques que pone a prueba los límites del empuje de Vox

Redacción · Más España


Miles de jóvenes posan orgullosos con Santiago Abascal. Ese retrato viral, repetido en plazas y calles de las nueve provincias, sintetiza la campaña: celebrity política y movilización de masas en la región más extensa de España.
Vox llega a estas elecciones con la brisa a favor que trajeron Extremadura y Aragón. Allí, y en los sondeos, halló combustible y réditos; aquí aspira a subir otro peldaño y rebasar la barrera del 20%. No es una ambición menor: Castilla y León fue la primera comunidad donde el partido entró en un gobierno autonómico como socio del PP y conserva un suelo electoral más sólido que en otros territorios. En 2022 obtuvo un 17,8% —dato palmario— y las encuestas actuales le pronostican crecimiento, si bien más modesto que en las dos citas anteriores.
No obstante, el relato interior de Vox muestra fricción: purgas internas que alcanzan a Javier Ortega Smith y acusaciones públicas sobre intereses económicos. Todo ello, empero, no ha mermado su empuje en las urnas, salvo sorpresa monumental.
La campaña ha ofrecido una radiografía inquietante de la derecha española: más confrontación entre PP y Vox que entre los grandes bloques tradicionales. Feijóo se empleó a fondo en la calle contra Abascal; Mañueco, candidato y presidente, llegó a disputar en un debate la dureza del rival al decir que Carlos Pollán querría “tirar los inmigrantes al mar”, frase que indignó a Vox. Abascal, por su parte, denuncia una “estafa” del PP. Esa pugna interna tiene consecuencias prácticas: en Extremadura y Aragón Vox ha bloqueado la formación de gobiernos, un gesto cuyo interés electoralista resulta evidente.
Por su parte, el PP exhibe cautela y metas humildes: Mañueco afirma que se conformaría con un voto y un escaño más. No es gratuito: los populares cuentan con una maquinaria formidable y una red de poder extensísima —en campaña dicen haber llegado a 2.248 municipios— y gobiernan más del 70% de esos ayuntamientos, además de controlar ocho de las nueve diputaciones.
El PSOE, herido por las recientes debacles autonómicas, busca un alivio que las urnas pueden ofrecer en forma de retroceso amortiguado o, en el mejor de los casos, un empate o adelantamiento al PP en alguna provincia. Porque estas no son unas autonómicas monolíticas: son, como subraya la dirigencia socialista, nueve elecciones provinciales a la vez, con territorios que van de la influencia aragonesa hasta la linde con Portugal y Galicia.
A esa complejidad se añade la presencia de fuerzas locales: Unión del Pueblo Leonés, Soria Ya y Por Ávila mantienen su espacio en las Cortes y pueden condicionar el reparto final de escaños. La ley D’Hondt convierte cualquier pequeña fluctuación en una diferencia decisiva.
Queda, asimismo, la dimensión programática y exterior: Vox ha mostrado alineamientos internacionales —señalados en la campaña— y una postura compartida con aliados como Trump en asuntos como la guerra contra Irán, una posición impopular y con efectos sobre el coste de la vida. Su programa autonómico, repetido como un “corta y pega” en distintos territorios, demuestra escasa adaptación local.
Así pues, el domingo no se decide solo quién gobierna en Valladolid: se mide la resistencia del PP frente a la irrupción de la ultraderecha y se calibra si el empuje de Vox encuentra un techo. Castilla y León es examen y termómetro: dará respuesta sobre hasta dónde puede avanzar una fuerza que viene acumulando éxitos, pese a tensiones internas y a la confrontación abierta con el socio y enemigo preferente del centro derecha.
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