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El poder dinástico tras la pantalla: cómo una saga familiar moldeó Samsung y la economía de Corea del Sur

Ambición, fusiones y escándalos: la historia de los Lee y la empresa que nació como una tienda de comestibles

Redacción Más España

Redacción · Más España

2 de mayo de 2026 3 min de lectura
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El poder dinástico tras la pantalla: cómo una saga familiar moldeó Samsung y la economía de Corea del Sur
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Hay relatos que parecen de novela y, sin embargo, son hechos. Samsung, la firma que hoy compite por la supremacía tecnológica del planeta, nació a finales de los años 30 como una simple tienda de comestibles. De esa modestia surgió un chaebol —una empresa familiar gigantesca— cuyo latido no solo marca el pulso del mercado, sino el de una nación entera.

La dinastía Lee se transformó, generación tras generación, en la realeza corporativa de Corea del Sur. Convirtieron la compañía en un conglomerado que abarca desde chips de memoria hasta la construcción, pasando por seguros y el comercio minorista. Pero la grandeza se forjó también en la complejidad: decenas de firmas entrelazadas por participaciones cruzadas y maniobras societarias diseñadas para preservar el control familiar.

Esa red de intereses no fue neutra. Las complejas fusiones y transferencias que blindaron el dominio de la familia terminaron por producir una factura política y judicial. El heredero, Lee Jae-yong, nieto del fundador, vivió de primera mano las consecuencias: acusado de donar fondos a fundaciones vinculadas a una confidente presidencial a cambio de apoyo para una fusión clave, fue condenado por soborno en 2017 en medio de un escándalo que precipitó la caída de la presidenta del país y movilizó a millones en las calles de Seúl.

La sucesión, lejos de ser una simple ceremonia interna, fue una cuestión de Estado. A la enfermedad del padre y presidente del grupo siguió la asunción de facto de Lee Jae-yong en 2014, pero el traspaso de poder quedó condicionado por operaciones societarias pendientes y por una amenaza fiscal monumental: una carga hereditaria que, según la información, superaba los 10.000 millones de dólares. Vender activos para pagar impuestos habría puesto en riesgo el control familiar; buscar alternativas para conservarlo influyó en decisiones que acabaron ante tribunales.

No se trata solo de apellidos ni de orgullo familiar. Es la trama de cómo un conglomerado privado se entrelaza con la vida pública de un país: la economía, la política y la justicia quedaron convocadas por la ambición de una casa empresarial. Y cuando la maquinaria societaria se enfrenta a la opinión pública y a la ley, las consecuencias trascienden balances y juntas: terminan sacudiendo gobiernos.

El drama de Samsung ilustra una lección: el poder concentrado, aunque sea motor de innovación y riqueza, lleva consigo riesgos de captura política y tensiones sociales. La historia de los Lee —preparados durante décadas, discutidos por su temple, obligados a maniobrar entre herencias, crisis y acusaciones— es la de un gigante que no solo produce tecnología, sino que proyecta su sombra sobre la vida colectiva.

No es apología ni condena gratuita; son hechos consignados: una dinastía que pasó de una tienda de comestibles a controlar un imperio global, un heredero encarcelado por su papel en maniobras corporativas y políticas, y una sociedad que asistió, entre protestas y juicios, a la colisión entre poder económico y responsabilidad pública. Esa es la verdad que permanece cuando se apagan las pantallas y quedan las cuentas y la historia.

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