El hombre que lo hacía todo: Koldo García, ese ser “particular”
Relato de un personaje clave en el Ministerio de Transportes que no pasó desapercibido en el Tribunal Supremo

Redacción · Más España


Apuntado en la memoria judicial y en la crónica cotidiana del Ministerio, Koldo García ha emergido ante el Tribunal Supremo como una figura que concentraba responsabilidades y provocaba reacciones encontradas. Los hechos recogidos en la comparecencia no permiten cosmeticismos: era “el hombre que lo hacía todo” en el departamento; la ventanilla única para acceder a José Luis Ábalos; el personaje que unos describen como “absolutamente respetable” y otros califican, con prudente eufemismo, de “particular”.
Las imágenes que aportan los testimonios hablan de contraste. Se le vio esquivo al principio, doblado, con una coronilla que destacaba sobre una barba abundante que disimulaba la pérdida de peso. Son detalles físicos que, en su humillada cotidianeidad, no son irrelevantes: del gimnasio de prisión, del que se dice que se ha apoderado, a la rigidez de quien llega al banquillo, hay un hilo que ata la escena pública al destino procesal. Pero no es solo pormenor: el carácter asomó a fogonazos de ira y marcó relaciones laborales y personales.
Isabel Pardo de Vera, expresidenta de Adif, lo resumió con la palabra que abre la discusión: “particular”. En su relato esa etiqueta fue insuficiente para explicar la disonancia entre un comportamiento institucional y la forma de actuar de García. El ejemplo que aportó hizo visible un método: “Si no, Jose me corta los huevos”, dijo él para favorecer la contratación de Jésica Rodríguez, según la versión que llegó al tribunal. La frase, cruda y directa, dibuja un estilo de gestión que choca con la idea de “clima institucional” que Pardo de Vera quiso preservar y que la llevó a erigirse en cortafuegos.
Frente a esa versión, quien actuaba en el Ministerio en tareas de seguridad ofreció otra clave: el guardia civil José Luis Rodríguez calificó al señor Koldo como una persona “absolutamente respetable”, “estresado” pero “muy respetuoso”, “muy cordial” y “muy amable”. Relató además detalles de trato cotidiano —mascarillas que se entregaban desde el almacén oficial— y negó cualquier actividad ilícita en ese reparto, afirmando, con rotundidad, que no era estraperlo y que, por orden, se llevaban cuentas.
Ese choque de percepciones es, en sí mismo, un índice del problema: la distancia entre la gestión personalista que algunos describen y las rutinas administrativas que otros reclaman. No hay aquí invenciones ni metáforas gratuitas: los testimonios acreditan un patrón de relación con el poder interno del Ministerio, con la capacidad de abrir o cerrar puertas, y también dejan constancia de un proceso que ha conducido a su presencia en sede judicial por el caso que lleva el nombre de Ábalos.
La narración pública de Koldo García —sus gestos, su voz, sus órdenes y sus chispas de ira— queda ahora sometida al escrutinio del proceso. Las salas del Supremo no son foro de adjetivación caprichosa sino de prueba; los epítetos —“particular”, “respetable”— conviven con las versiones contradictorias que deberán confrontarse con hechos. Lo que hoy es relato enunciado ante los jueces puede devenir en elemento probatorio o en simple trazo de una biografía administrativa compleja. Y esa será la medida final: no la leyenda de un personaje, sino lo que acrediten las pruebas y las diligencias en curso.
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