El gigante que se deshace: el final del iceberg A23a y la lección incómoda
Cuatro décadas de travesía, ahora reducidas a semanas frente a aguas más cálidas

Redacción · Más España


Hubo un tiempo en que el A23a se erguía como un coloso blanco: unos 4.000 km², más del doble del área metropolitana de Londres. Nació en 1986, quedó anclado en los lodos del mar de Weddell durante más de treinta años y, para muchos científicos, llegó a ser el iceberg vivo más longevo registrado por satélites.
Su historia, lenta y casi legendaria, cambió en 2020 cuando se detectaron los primeros indicios de movimiento. A partir de entonces su estabilidad se quebró hasta convertirse en una sucesión de giros, fragmentaciones y derretimiento acelerado. En la primera mitad de 2025 perdió aproximadamente una cuarta parte de su masa; a mediados de ese año ya había dejado de ser el mayor iceberg del mundo.
Las observaciones no fueron casuales ni poéticas: en marzo de 2025 vuelos de la Real Fuerza Aérea británica detectaron pequeños desprendimientos. Luego, en agosto y septiembre, A23a pasó sobre la elevación del noroeste de Georgia, un montículo del lecho marino a unos 1.500 km al este de las Islas Falkland/Malvinas. Allí pareció girar sobre una columna de agua, y las fuerzas mecánicas, junto con aguas ya más cálidas, contribuyeron a su fragmentación.
Los pedazos que se desprendieron no fueron meros escombros: varios tuvieron entidad propia y recibieron nombres, como A23g, A23h y A23i. Fue la señal visible de que el viejo gigante se estaba partiéndose en unidades menores.
A finales de diciembre, en pleno verano austral, apareció otra prueba del colapso: charcas de agua de deshielo de un azul intenso en su superficie, atrapadas por los bordes conocidos como terraplenes. Lo que era bello, explicó el profesor Mike Meredith del British Antarctic Survey, era también una clara señal de que se estaba derritiendo tanto desde arriba como desde abajo.
La física fue implacable. El agua acumulada sobre el hielo tendería a descender, filtrarse por grietas y agrandarlas; la hidrofractura —las grietas llenas de agua— parecía ser lo que ocurrió a finales de diciembre y principios de enero, precipitándolo todo.
Así, tras cuarenta años de travesía, A23a se desintegró de manera espectacular durante el último año. Hoy, lo que queda está siendo erosionado por aguas más cálidas y se halla en sus últimos estertores: los científicos no esperan que dure más de unas semanas.
¿Por qué importa este final? Porque A23a no fue sólo una curiosidad monumental; su descomposición ha sido objeto de estudio para averiguar cómo otras partes de la Antártida podrían responder al cambio climático. Para algunos investigadores, su longevidad y su repentina caída ofrecen una serie de datos valiosos sobre procesos mecánicos y térmicos que actúan sobre el hielo.
«Ha sido un viaje extraordinario», declaró Meredith; Christopher Shuman habló de una trayectoria seguida como una serie en la que «no sabes qué va a pasar de un momento a otro», y Catherine Walker resaltó lo fascinante de verlo casi estable durante tanto tiempo y luego desintegrarse en un solo año. Son testimonios de científicos que observan, registran y extraen lecciones de un coloso que se rindió a las leyes del océano y del clima.
El A23a muere; su final es, a la vez, un aviso y una oportunidad: aviso sobre la fragilidad del hielo ante cambios combinados de temperatura y dinámica oceánica, y oportunidad para aprender, con datos en mano, cómo proteger lo que queda del gran casquete antártico.
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