El gas en jaque: ataques que ponen al mundo en vilo
La ofensiva entre Israel e Irán alcanza el corazón energético compartido por Qatar e Irán

Redacción · Más España


El 19 de marzo de 2026 quedó marcado como un día en que la geopolítica golpeó donde más duele: el suministro energético. La ofensiva que llevó a Israel a atacar South Pars —la porción iraní del gigantesco yacimiento compartido con Qatar— y la respuesta iraní contra Ras Laffan en Qatar no son escaramuzas aisladas, sino la cristalización de una guerra que ahora apunta a la columna vertebral del mercado mundial de gas.
No es retórica: el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, advirtió que, de repetirse ataques contra instalaciones de Qatar, EE. UU. “destruiría masivamente” ese yacimiento. El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, admitió que Israel actuó solo y aseguró que no repetirá esa acción. Irán, por su parte, prometió que atacará la infraestructura energética de los aliados de EE. UU. e Israel hasta “su destrucción total” si se vuelven a dañar sus propias instalaciones. Un intercambio de amenazas que convierte en posible blanco estratégico al mayor yacimiento de gas del planeta.
La Ciudad Industrial de Ras Laffan, en el noreste de Qatar, aloja la mayor planta de procesamiento de gas natural licuado (GNL) del mundo. Antes de marzo, esa planta aportaba cerca de una quinta parte del suministro mundial de GNL. Su paralización —ya vigente desde principios de marzo por ataques y por la restricción del tráfico de buques a través del estrecho de Ormuz— y los daños sufridos en recientes ataques iraníes han bastado para reconfigurar mercados y alarmas.
El impacto se tradujo en cifras tangibles: los precios del gas natural en Europa subieron cerca de 25% en una jornada, alcanzando máximos de más de tres años; el petróleo también subió alrededor de 5%, hasta unos US$113 por barril. Son señales claras de que la vulnerabilidad del yacimiento South Pars/North Dome y de las instalaciones de Ras Laffan tiene consecuencias inmediatas en la economía global y en la seguridad energética de regiones dependientes del gas importado, como Asia y Europa.
Que un yacimiento compartido sea también un tablero de ajedrez militar revela una lección amarga: los recursos estratégicos no pueden aislarse de la política. South Pars (Irán) y North Dome (Qatar) son parte de la misma masa de recursos en alta mar, y la interdependencia técnica —el gas extraído en North Dome se procesa en Ras Laffan— hace que un ataque en una parte provoque efectos en cadena en la otra.
Estamos ante una escalada que no solo es militar sino económica. Los apagones temporales de producción, las interrupciones en rutas marítimas y las amenazas explícitas de destrucción plantean una interrogante elemental para cualquier nación que aspire a velar por su prosperidad y seguridad: ¿cómo blindar recursos críticos cuando su mera condición compartida los convierte en puntos de fricción internacional?
No hay margen para la complacencia. La reciente secuencia de ataques y declaraciones oficiales demuestra que la guerra puede trasladarse de campos lejanos a infraestructuras que alimentan hogares e industrias en todo el mundo. La estabilidad del mercado energético exige prudencia diplomática y medidas reales que eviten que una chispa regional prenda un incendio global.
También te puede interesar
La distracción móvil mata la prudencia: la DGT señala un peligro cotidiano
La DGT lanza un aviso severo: uno de cada tres peatones cruza mirando el móvil. Bajo el lema #PerderseLaVida, la campaña expone la consecuencia más trágica de la indiferencia urbana.
InternacionalVíctimas anónimas de una campaña que deja huellas imborrables
Mientras caen misiles y se apagan las comunicaciones, florecen nombres y pequeñas historias: farmacéuticas, niñas, blogueras, escolares. Son rostros civiles en medio de una campaña bélica.
InternacionalEl gigante que se deshace: el final del iceberg A23a y la lección incómoda
A23a, antaño el mayor iceberg detectado por satélites, emprendió un viaje de 40 años que terminó en rápida desintegración. Lo que queda ofrece pistas directas sobre cómo responde la Antártida al calentamiento.