El asesinato que quiso ser perfecto y acabó desmadejando una vida
Un plan por encargo se desploma ante audios, documentos y la colaboración policial internacional

Redacción · Más España


Antonio Jiménez decidió poner orden en su vida: divorcio, recuperación de un patrimonio repartido y la esperanza de arrancar de raíz una convivencia de una década. Planeó un viaje a la República Dominicana junto a la que aún era su esposa, con la firma de ella necesaria para trámites. Avisó a su entorno, dejó audios y entregó documentos a personas de su confianza. Fue ese aviso —esa madeja de pruebas— lo que acabaría por romper el plan.
El 25 de septiembre, el cuerpo de Antonio apareció en el maletero de su coche, con un tiro en la cabeza, en la carretera La Trujillana, provincia de Valverde. Llevaba muerto entre 11 y 20 horas; junto a él, su documentación, lo que facilitó su identificación. Las hipótesis iniciales —ajuste de cuentas o robo— se desvanecieron a medida que la investigación sumó testimonios, imágenes de videocámaras y reconstrucciones de movimientos.
La operación que los investigadores bautizaron como Plantel no fue obra de la casualidad: fue el resultado de la coordinación entre la Policía Nacional española y la Policía Nacional dominicana. Fueron las pruebas traídas desde España —las grabaciones, los documentos que el propio Antonio había dejado como seguro— las que devolvieron la investigación a la pista del asesinato por encargo.
A partir de ahí, los hilos sueltos se enhebraron. Los agentes dominicanos recabaron pruebas en registros y hallaron la pistola de nueve milímetros con la que, según sus pesquisas, se perpetró el disparo mortal. Seis detenciones culminaron la operación, incluida la de Patria Eridania Gómez, señalada como la supuesta instigadora, y la de los cinco colaboradores imputados: Leonardo Cruz, Ángel Simeón Ramírez, Lorenzo Osoria, Julio César López —al que las autoridades apuntan como autor material del disparo— y Jesús Ramiro Fernández.
No hay en los hechos indicio de que el crimen fuese espontáneo; todo apunta a una planificación que arrancó meses antes. La victoria de la investigación no es la eliminación de la violencia: es, por ahora, la exposición de una trama que quiso ser perfecta y no lo fue, porque la víctima decidió no callar antes de morir y dejó pruebas que hablaron por él.
En Dos Hermanas, en el vivero bautizado como Patria Garden, los empleados y la familia guardan silencio y conmoción. Para los investigadores, para la Justicia y para quienes siguen el caso, la lección es clara: la impunidad que se proyecta a distancia se quiebra cuando la verdad se conserva en documentos y grabaciones y cuando existe cooperación entre fuerzas policiales. No hubo crimen perfecto; hubo descuido, audios, papeles y, al final, detenciones.
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