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El 8‑M desborda el 'No a la guerra' y pone en evidencia las costuras del Gobierno

Una marea violeta que reclamó igualdad real y aterrizó las demandas en la vida cotidiana

Redacción Más España

Redacción · Más España

9 de marzo de 2026 2 min de lectura
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El 8‑M desborda el 'No a la guerra' y pone en evidencia las costuras del Gobierno
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Pedro Sánchez quiso colocar el 'No a la guerra' como estandarte del 8‑M; lo hizo público, lo exhibieron ministros y lo reclamaron portavoces del Ejecutivo. Sin embargo, la jornada dejó claro que las banderas no bastan: la calle dictó su propia agenda y convirtió la protesta en algo más que un eslogan institucional.

De Madrid a Barcelona, de Santiago de Compostela a Sevilla y Bilbao, una marea violeta recorrió las ciudades con reclamos palpables: conciliación, brecha salarial, derechos sexuales y reproductivos y el combate contra la violencia de género. Los mensajes, escritos en pancartas y coreados en las marchas —"No me cuida la policía, me cuidan mis amigas", "De maestras feministas nacerán niñas libres"— trajeron el feminismo al terreno del día a día y lo hicieron impermeable a intentos de partidizar la causa.

La manifestación oficial en Madrid, convocada por la Comisión 8‑M bajo el lema "Feministas antifascistas, somos más en todas partes", reunió cifras dispares: 24.000 personas según la Delegación del Gobierno y 160.000 según la organización. En su seno apareció la consigna antibelicista que impulsó el Gobierno, pero fue la reivindicación por más igualdad y mejores políticas lo que vertebró el acto.

No faltaron las tensiones: las disfunciones del Gobierno, especialmente en el área de Igualdad, no quedaron fuera del foco. Frente al Ministerio de Igualdad se celebró una parada en la que se acusó a la ministra Ana Redondo de "imponer un marco ideológico" al condicionar subvenciones a asociaciones que no adoptaran una postura contraria a la prostitución. Redondo, por su parte, participó en la manifestación de Valladolid, a 210 kilómetros de Madrid, y desde allí reclamó una mirada feminista internacional contra la violencia.

La delegación socialista en Madrid fue reducida y la presencia de la izquierda también resultó exigua: la ministra portavoz Elma Saiz, varios ministros socialistas y representantes de Sumar y Podemos acudieron, pero no transformaron la calle en un acto de respaldo partidista. Yolanda Díaz, Sira Rego y Mónica García hicieron visible su apoyo con llamadas a detener la "guerra y la barbarie"; Irene Montero y la secretaria general de Podemos, Ione Belarra, reclamaron medidas más radicales como la salida de la OTAN.

Así, el 8‑M mostró una doble realidad: por un lado, la unión antibelicista que el Gobierno intentó capitalizar; por otro, un feminismo que rehúye de la instrumentalización y que exige respuestas concretas ante problemas cotidianos. La jornada llegó en un contexto de golpe electoral para la izquierda en comunidades como Extremadura y Aragón, y con la mochila de escándalos y críticas que han erosionado la confianza en las políticas de igualdad del Ejecutivo.

Si el objetivo era reflotar apoyos desde una consigna presidencial, la respuesta popular fue distinta: apoyo a la causa feminista, rigor en las demandas y desconfianza frente a los atajos partidistas. Las calles, una vez más, marcaron la agenda y recordaron que las palabras del poder necesitan traducirse en políticas y resultados tangibles para recuperar la credibilidad.

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