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El 8-M en Madrid: el 'No a la guerra' como estandarte y la fractura que persiste

Una jornada de reivindicación y paz que evidencia la división del movimiento feminista en la capital

Redacción Más España

Redacción · Más España

8 de marzo de 2026 2 min de lectura
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El 8-M en Madrid: el 'No a la guerra' como estandarte y la fractura que persiste
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Hoy, en las calles de Madrid, la consigna fue clara y resonó como mandato: "No a la guerra". La Comisión 8M, convocante de la marcha oficial, rubricó con energía ese mensaje: el Día Internacional de la Mujer llegó envuelto en un "contexto belicista y de auge de la ultraderecha", dijeron sus portavoces. No fue un eslogan aislado, sino el hilo conductor de una manifestación en la que se mezclaron llamamientos a la paz internacional con reclamos por más derechos para las mujeres y contra lo que calificaron de avance del fascismo.

La imagen es plural y, al mismo tiempo, reveladora. Bandera LGTBI+, pancartas por la causa trans y la palestina, cánticos clásicos como "Aquí estamos las feministas" y hasta música pop: el 8-M fue también espacio de celebración y protesta. Pero bajo esa pluralidad subyace una fractura persistente: por quinto año consecutivo, el feminismo madrileño desfiló en dos columnas distintas. La Comisión 8M partió desde Atocha con el lema "Feministas Antifascistas. Somos más. En todas partes"; el Movimiento Feminista de Madrid arrancó a la misma hora en Cibeles con un grito que reivindicaba un feminismo internacionalista y rechazaba la explotación y la prostitución.

No es anecdótico que el mensaje antibelicista encontrara respaldo público en miembros del Gobierno. Ministras como Elma Saiz, Isabel Rodríguez, Sara Aagesen y Óscar López participaron en los momentos previos y reivindicaron el compromiso del Ejecutivo con la lucha feminista. Saiz lo expresó sin dobleces: el feminismo es igualdad y exige políticas públicas; por eso, "alzamos la voz y decimos no a la guerra", dijo, y añadió que el Ejecutivo es "el dique de contención frente al avance ultra". La presencia y las palabras del Gobierno consolidaron la fusión entre mensaje feminista y clamor por la paz.

La jornada estuvo salpicada de testimonios que muestran la calidez y la convicción popular: madres que llevan a sus hijos para enseñarles que no basta esperar, veteranos que ven en la guerra la mayor preocupación, familias que sienten que la condena a la violencia internacional es parte inseparable de la lucha por los derechos de las mujeres. A la vez, no faltaron las críticas a la gestión de subvenciones desde el propio movimiento: la ausencia de la ministra de Igualdad, Ana Redondo, se hizo notar cuando las manifestantes se detuvieron frente a su Ministerio para protestar por cambios que consideran ideológicos y privativos de garantías para colectivos.

El resultado es una jornada que, sin renunciar al espíritu reivindicativo del 8-M, pone de manifiesto dos realidades: la capacidad del movimiento para internacionalizar su mensaje —incorporando la condena a agresiones contra civiles en distintos escenarios— y la persistente división interna que impide una marcha única en Madrid. Todo ello, con el telón de fondo de un Ejecutivo que hace suyo el lema antibelicista y lo exhibe como parte de su compromiso con la igualdad y la paz.

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