De la épica al bache: el 'espíritu Mamdani' que repara calles y enfría proclamas
La cumbre progresista en Barcelona apuesta por victorias materiales y moderación frente al ruido del separatismo y la ultraderecha

Redacción · Más España


La escena podría embarullar a cualquier cronista romántico del siglo XXI: camisetas rosas del PSOE a 5,99 euros frente a un cortado a 3 euros y un café con leche a 3,50. Esos desajustes mercantiles no son anécdota: explican, con su sola presencia, buena parte de las contorsiones de la economía que hoy justifican debates y diagnósticos en la cumbre progresista de Barcelona.
Aquí no hay proclamas ruidosas ni arengas que incendien plazas. Lo que se escucha en las mesas redondas es la confesión sobria de quienes gobiernan o aspiran a gobernar: salvar al capitalismo de sí mismo, pero con manos en la obra y mirada en la ciudadanía. No es teatro de acción; es coordinación y gestión. Así lo resume José Montilla cuando habla de “rebajar la tensión” y así lo transmiten veteranos socialistas que repiten que no están ante una asamblea de base sino ante responsables que buscan respuestas.
Y el símbolo llegaba desde la propia ponencia: Ana María Archila, la activista que en otra vida política forzó un giro en un Senado estadounidense, ya no asalta ascensores ni convoca épicas; hoy administra lo cotidiano. Archila recuerda, con precisión material, que en Nueva York —tras cien días en el Gobierno municipal— han tapado 100.000 huecos en el asfalto y gestionan un presupuesto de alrededor de 120.000 millones de dólares. Esa es la concreción que exige la gente: victorias tangibles, servicios que funcionen, autobuses más rápidos, cuidado infantil universal. Reformas, no revoluciones retóricas.
El contraste con la otra orilla es claro. Aquí se busca el contrapunto frente a la ola global de la ultraderecha, que, además de su mensaje, despliega una estética disruptora y gamberra. En la calle, por su parte, hubo escenas a medio camino entre la realidad y la comedia: Vox convocó una protesta frente al recinto ferial en L’Hospitalet y un bloque de vecinos aportó un episodio digno de 'Aquí no hay quien viva'. Pero dentro del foro, el tono fue otro: optimismo, vitalidad y muchos selfies entre ponentes, según testigos.
No está de más advertirlo: la política que se exhibe en estas jornadas elige lo práctico. Unai Sordo resume la orientación: predominio del vector socialdemócrata, con aportes latinoamericanos que amplían ese marco. Mariana Mazzucato y Teresa Ribera comparten escenario; el expresidente José Luis Rodríguez Zapatero aparece con un papel más escénico, cuando no polémico en gestos. Todo ello conforma una cumbre de abrazos, debates técnicos y poca épica incendiaria.
Que no haya himnos ni sacrificios gloriosos no implica flaqueza: es la constatación de que hoy la política que aspira a gobernar busca reparar aceras, apretar tuercas presupuestarias y cumplir promesas concretas. Frente a quienes venden gestos y mitologías, estos foros venden planificaciones y hojas de ruta. Esa elección, en la Barcelona de posprocés y en un tiempo de fuertes tensiones, habla más de cura pragmaticista que de rendición. Es, en definitiva, la política que arregla el asfalto antes que asaltar los cielos.
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