Cataluña

De Junts a Vox: la grotesca coreografía de las derechas

Cuando el interés de los propietarios impone alianzas que desdibujan patrias y lealtades

Redacción Más España

Redacción · Más España

1 de mayo de 2026 3 min de lectura
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De Junts a Vox: la grotesca coreografía de las derechas
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No es casualidad ni accidente: cuando se toca el dinero, las pulsiones patrióticas se disuelven como sal en agua caliente. El decreto del Gobierno para congelar los alquileres durante dos años ha mostrado a las claras que, más allá de banderas e himnos, lo que realmente alinea a los partidos es el criterio de clase. Fascistas, conservadores, liberales y nacionalistas —hispánicos o periféricos— han acabado votando al mismo compás la defensa de los intereses de los propietarios, a pesar de que la vivienda es hoy una de las cuestiones que más desborda a la ciudadanía y condena a familias a la precariedad.

Lejos ya de la retórica del 2017 —la declaración de independencia fallida, el artículo 155, las condenas de 2019 y los indultos de 2021— las pulsiones nacionalistas están en un perfil más bajo. Pero las derechas, sin distinción de patria, se van alineando en defensa de intereses comunes, siguiendo las reglas del capitalismo financiero y digital. Y en ese escenario europeo, donde la extrema derecha crece y presiona, las barreras morales que hasta hace poco separaban a las derechas tradicionales del neofascismo se han venido abajo.

Es decir: ya no se trata solo de sumar votos; se trata de una radicalización que reconfigura referencias políticas. Donde antes se guardaban distancias, ahora se tantea la convergencia. Vox ha logrado arrastrar al PP hacia su territorio y contaminar su discurso; los acuerdos de gobierno en algunas comunidades son prueba palpable de que el tabú ha caído. El resultado es previsible: en tanto el PSOE y las izquierdas se muestran frágiles para atraer a los sectores más dañados por la dinámica económica, la extrema derecha aprovecha y acorrala a sus vecinos ideológicos.

En este panorama, la imagen de Junts acercándose al PP y a Vox resulta especialmente grotesca. Su referente nominal sigue siendo Carles Puigdemont, figura del regreso y la fuga, un icono de un pasado que hoy está claramente fuera de juego. Ese pedigree no casa bien con la nueva coreografía: votar con PP y Vox puede abrir puertas en Madrid, pero también descoloca y aleja a Cataluña. Junts, para recuperar la autoridad que tenía Convergència en los tiempos de Pujol, precisa una renovación profunda; no está claro que plegarse a las alianzas con las derechas radicalizadas sea el camino que haga honor a la tradición catalana de influir en mayorías nacionales.

La lección es dura y elemental: la política se mide hoy, más que por banderas, por quién protege el bolsillo de quién. Cuando la defensa de la propiedad privada se antepone al interés ciudadano en un asunto tan central como la vivienda, asistimos a una transformación del mapa político donde los principios quedan en segundo plano y las sumas mandan. Eso explica la extraña alianza de fuerzas y, en el caso de Junts, la paradoja de coquetear con quienes representan una deriva que no coincide con su relato histórico.

Si de verdad se pretende influir desde Cataluña, conviene recordar que la autoridad política no se consigue solo con cálculos numéricos ni con transacciones tácticas; se construye con coherencia y con proyectos que respondan a los problemas reales de la gente. Y cuando el problema principal es el acceso a la vivienda, resulta inaceptable colocar el interés de los propietarios por encima del interés general. Las alianzas que se forjan alrededor de lo contrario anuncian un país donde las barreras de la dignidad democrática se han levantado, y todos deberíamos meditar las consecuencias.

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