Cuando una empresa privada concentra el ojo que todo lo ve
Palantir: del software antifraude de PayPal a la arteria tecnológica de la seguridad global

Redacción · Más España


Palantir no nació en un laboratorio académico ni en un despacho ministerial. Surgió de la urgencia práctica de hacer seguras las transacciones en línea y se fue forjando en los pasillos de Silicon Valley: la misma esfera de la que brotaron PayPal, Peter Thiel y otros nombres que movieron ficha en la era de las .com. Esa genealogía tecnológica explica su destreza técnica, pero no responde a la inquietud política que hoy provoca su influencia.
Porque no estamos hablando sólo de algoritmos eficientes. Según especialistas consultados por BBC Mundo, no existe en el mundo un software de análisis de datos comparable, en complejidad y alcance, al de Palantir. Ese liderazgo no cayó del cielo: fue cultivado codo a codo con los servicios de inteligencia de Estados Unidos. In-Q-Tel —el brazo de inversión vinculado a la CIA— no fue solo un financiador; abrió acceso a analistas y casos reales que permitieron afinar la herramienta con exigencias operativas de primer orden.
El resultado es una plataforma que hoy sirve a agencias que van desde la CIA, el FBI y la NSA hasta organismos tan diversos como los CDC o ICE. Que herramientas de la misma compañía se empleen para rastrear a migrantes, para apoyar investigaciones sanitarias o para identificar objetivos militares no es una abstracción técnica: es la distribución de una capacidad de identificación y localización que opera en múltiples esferas del poder.
No es menor que servicios de inteligencia usaran capacidades similares para localizar el búnker de Osama bin Laden en 2011, ni que el ejército israelí recurra a estos análisis en operaciones contra objetivos en Irán, según informa la fuente. Tampoco es anecdótico que ICE utilice Palantir para localizar migrantes, o que en 2014 la herramienta fuera determinante para encontrar al asesino de un agente de la DEA en México: escenarios distintos, misma paleta tecnológica.
Aquí se cruzan dos realidades inquietantes. La primera: la avalancha de datos que produce internet —cientos de millones de terabytes diarios— necesita herramientas potentes para dominarla. La segunda: esas herramientas han sido moldeadas en colaboración con las agencias que manejan la coerción estatal. Cuando una capacidad técnica extraordinaria se desarrolla al calor de necesidades de seguridad, es lógico que termine siendo reclamada por actividades que van desde la investigación criminal hasta operaciones militares y migratorias.
La pregunta pública, por tanto, no es técnica sino institucional y democrática: ¿quién supervisa a quien? Si el consenso entre expertos apunta a la singularidad del software de Palantir, eso convierte a su tecnología en un recurso estratégico de primer orden. Y si ese recurso está en manos privadas con vínculos estrechos al aparato de inteligencia, el control democrático, la transparencia y la rendición de cuentas deben dejar de ser opciones para pasar a ser exigencias.
No se trata de demonizar la utilidad que ofrecen la analítica avanzada y la inteligencia artificial en la lucha contra el crimen o el terrorismo. Se trata de subrayar que, cuando la eficacia técnica se combina con acceso a datos masivos y con una relación próxima al poder, el equilibrio entre seguridad y derechos se inclina con facilidad. Ese desplazamiento merece deliberación pública, regulación firme y garantías que no queden en manos de acuerdos comerciales opacos.
Porque la soberanía no solo es territorio y fuerza armada: es también quién controla la mirada que todo lo ve. Y si esa mirada la concentra una compañía privada que ha crecido a la sombra de los servicios de inteligencia, las democracias tienen la obligación de exigir explicaciones, límites y controles que preserven la libertad de sus ciudadanos.
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