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Cuando la política cambia el aula por el scroll

El gesto viral de Rufián revela un problema mayor: la degradación de la deliberación pública

Redacción Más España

Redacción · Más España

13 de abril de 2026 2 min de lectura
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Cuando la política cambia el aula por el scroll
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La frase de Gabriel Rufián —preferir TikTok a las bibliotecas— no fue un escándalo sino un espejo. Pronunciada en un campus universitario y convertida en material viral, expone sin anestesia la mutación de la escena política: ya no se busca persuadir con argumentos largos, sino lograr cortes que funcionen en redes.

La democracia es, entre otras cosas, un régimen de opinión. Pero esa opinión debe alimentarse de información solvente y de una deliberación pública cuidada. Si el objetivo de nuestros representantes se reduce a dominar la jerigonza centennial y a capturar la atención instantánea, perdemos algo esencial: la capacidad de confrontar ideas complejas en condiciones que permitan a la ciudadanía formarse un juicio responsable.

No es justo cargar toda la culpa sobre las plataformas. Los medios de prestigio también han adaptado formatos, recortando tiempos y profundidad para competir en el mismo terreno de la inmediatez. El resultado es una conversación pública empobrecida: el infoentretenimiento, las tertulias polarizadas y la voz a gritos terminan ocupando el espacio donde debería crecer la reflexión.

Ver a diputados ensayando frases para el extracto viral, o a opinadores que legitiman la simplificación como género, no es una anécdota: es la constatación de que hemos convertido un juego noble y complejo en una bellaquería adictiva. La respuesta no es prohibir plataformas ni criminalizar a quienes aprenden sus códigos; la respuesta es reclamar y reconstruir las condiciones de posibilidad de la deliberación pública: más acceso a información relevante, más formatos que exijan rigor y más respeto por la profundidad frente al aplauso rápido.

Si la política se mide por likes y recortes de 30 segundos, todos perdemos: las minorías, la calidad del debate y, en última instancia, la salud de la democracia. Evitar ese horizonte exige, primero, reconocer el diagnóstico que dejó una frase viral en un campus: algo se ha roto entre la institución pública y la conversación que la sostiene.

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