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Cuando la guerra abre la caja registradora: el Canal de Panamá y el rédito de una crisis ajena

La contienda en Irán reconfigura rutas, encarece tráficos y engorda las arcas panameñas

Redacción Más España

Redacción · Más España

14 de mayo de 2026 3 min de lectura
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Cuando la guerra abre la caja registradora: el Canal de Panamá y el rédito de una crisis ajena
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Hay realidades tan crudas como sencillas: cuando una ruta falla, otra cobra. Y en este tablero geopolítico donde la guerra en Irán inició el 28 de febrero, las piezas se han movido con rapidez y sin contemplaciones.

El Canal de Panamá, esa vena corta y decisiva de apenas 80 kilómetros que une Atlántico y Pacífico, no ha sido inmunne a la tormenta: su tránsito ha aumentado cerca de un 11% desde el inicio del conflicto y, en jornadas de máxima demanda, escaló hasta un 20%, según la Autoridad del Canal de Panamá. No hablamos de intuiciones, sino de cifras que hablan con claridad.

Cuando la inseguridad clausura el estrecho de Ormuz, los armadores buscan alternativas seguras y el canal panameño aparece como la sustitución natural. Pero la urgencia tiene precio: las tarifas que pagan los buques dependen del tamaño, del volumen y del tipo de carga, y bajo el sistema de subasta de cupos —mecanismo que permite adelantar tránsitos cuando no hay turno reservado— los precios han subido. Hubo un gasero que llegó a pagar US$4 millones por cruzar; una cifra excepcional, sí, pero sintomática de cómo la prisa se convierte en lucro.

La Autoridad del Canal estima que el efecto combinado del mayor tránsito y de los recursos adicionales por subastas podría situar el crecimiento de los ingresos entre el 10% y el 15%, aunque sus autoridades advierten de la fragilidad del escenario: «las cosas cambian muy rápido» y por ahora no se están revisando proyecciones formales.

La demanda asiática ha sido decisiva. Con los compradores de Asia intensificando compras de crudo, los cargamentos de petróleo de Estados Unidos que pasan por el canal se aproximan a sus niveles más altos en cuatro años, según Boston Consulting Group. Pero esta alternativa no es gratis: el viaje desde EE. UU. a Asia vía Panamá es más largo, el peaje es más alto y los retrasos en las esclusas encarecen la operación frente a la histórica ruta por Ormuz.

Lo que se desvela en este episodio no es solo un beneficio coyuntural para Panamá, cuyo canal mueve alrededor del 3% del comercio marítimo mundial, sino la fragilidad de las cadenas globales: cuando una vía falla, todo el sistema debe adaptarse, diversificar rutas, revisar capacidades de almacenamiento y acelerar la adopción de tecnologías para compartir datos y prever cuellos de botella.

Así, mientras algunas industrias —vendedores de crudo, bancos y la logística— encuentran réditos en la crisis, Panamá ve cómo su infraestructura estratégica se convierte en una válvula de escape rentable. No es la principal fuente de riqueza del país, pero sí uno de sus motores económicos, y hoy recoge los frutos de una turbulencia que otros provocaron.

No es un triunfo sin cautelas: la bonanza depende de la duración del conflicto, de la capacidad del canal para absorber picos de demanda y de la evolución climática que tan recientemente mostró su otra cara cuando la sequía de 2023 limitó el tránsito. La noticia concreta: la guerra reordenó rutas y llenó las arcas del canal, pero la letra pequeña advierte que estas ganancias están sujetas a la volatilidad del tiempo y de la geopolítica.

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