Cuando la defensa de lo humano vuelve a hacer puentes
La visita del Papa vuelve a dibujar una alianza inesperada entre el Vaticano y las izquierdas democráticas en favor de los valores humanos

Redacción · Más España


Resuena aún en Madrid la visita del Papa: paso ligero, palabra firme, agenda intensa y gestos que buscan reconstruir comunidad. No son meros actos simbólicos; son señales en un tiempo en que el ruido pretende devorar los consensos que sostienen la vida pública.
Hay una música distinta en esa voz: tranquila y a la vez contundente. En un escenario internacional lleno de zozobras, esa defensa del orden humano es un acto político que corta como navaja la retórica devoradora del populismo. Cuando el humanismo cristiano suena así, resulta —contra la lógica estrecha del oportunismo— claramente transversal.
Esa transversalidad aparece en el punto señalado por la visita: la universalidad de la defensa cerrada de los valores humanos. Ahí se encuentran, sin hipérboles, el Vaticano y las izquierdas democráticas; ahí se reaviva una vieja alianza que, en su día, impulsó el Estado del bienestar y construyó los cimientos de la mejor Europa.
No es retórica vacía: frente a quienes convierten al débil en chivo expiatorio —la estrategia de enfrentar a los penúltimos con los últimos para consolidar desigualdades—, la primera respuesta política es la justicia social. Lo recordó, si cabe con ironía, la referencia a la definición de Isabel Díaz Ayuso sobre la justicia social como “invento de la izquierda”: esa misma justicia social es la herramienta más poderosa contra el discurso tramposo de la ultraderecha.
Y sin embargo la visita pone también sobre la mesa contradicciones políticas que existen en el presente. Que Alberto Núñez Feijóo diga que la voz del Papa se escucha no borra que algunas prácticas conservadoras —rechazar la regularización de inmigrantes, justificar la “prioridad nacional”, criminalizar a menores solos o negarse al traslado de migrantes desde Canarias a otras comunidades— son incompatibles con una visión integradora de la migración que el pontífice defiende.
Quedan dos capítulos por delante —Barcelona y Canarias—, escenarios adecuados para proclamar la prioridad humana y la diversidad. Ojalá no sean meros actos de imagen, y que la onda expansiva de esta visita no se disipe al terminar el acto protocolario. El reto es mantener el eco: convertir las palabras en políticas coherentes y la transversalidad en compromisos reales.
Hoy, ante la polarización que busca fragmentarlo todo, la lección es clara y patriótica: defender al humano como valor absoluto no es concesión, es deber. Y ese deber reclama coherencia, política con memoria y voluntad de reconstruir puentes donde otros levantan muros.
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