Crisis moral en Ripoll: la abstención que lanzó las cuentas de la extrema derecha
Dos concejales del PSC ponen su cargo a disposición tras facilitar la aprobación de los presupuestos de Aliança Catalana

Redacción · Más España


Ha bastado una abstención para que, en una noche larga que se extendió pasada la medianoche, el pulso del Ayuntamiento de Ripoll se decidiera por la vía más controvertida: la de la connivencia pasiva. Los dos concejales del PSC —Enric Pérez y Anna Belén Avilés— han puesto su cargo a disposición del partido tras asumir su “error”. No es un detalle menor: su abstención permitió que los presupuestos municipales de 2026, diseñados por la alcaldesa Sílvia Orriols (Aliança Catalana), prosperaran en segunda ronda.
La fría mecánica del Pleno lo cuenta sin adornos. Un empate a siete votos; las dos abstenciones del PSC que rompen el empate; el voto de calidad de la alcaldesa —también diputada en el Parlament— que remata la aprobación de unas cuentas de casi 15 millones de euros. Así se salda, por tantísimos silencios, la rendición de una enmienda moral: evitar cualquier colaboración con la extrema derecha, señalaron luego desde el grupo municipal.
No conviene olvidar la propia justificación ofrecida por los ediles socialistas: alegaron que las cuentas no aportan “ninguna transformación real” ni responden a las necesidades de esta localidad de 10.800 habitantes, pero optaron por abstenerse para “no volver poner a Ripoll en el circo de los focos mediáticos” y evitar otra cuestión de confianza como la que hubo hace un año. Esa explicación política, sin embargo, ha sido recibida como insuficiente por la federación del PSC en las comarcas de Girona.
La dirección comarcal no ha caminado sobre algodones: ha expresado su “desacuerdo absoluto”, ha subrayado que la decisión no contó con su aval ni conocimiento previo y ha citado a los concejales para exigir explicaciones y “actuar en consecuencia”. Su mensaje recuerda lo elemental: el proyecto político del PSC se funda en la defensa de la democracia, los derechos sociales y la convivencia, y, según su texto, es “absolutamente incompatible” con planteamientos que promuevan la exclusión o la normalización de discursos de odio.
El grupo municipal, por su parte, ha reconocido que no se tuvo suficientemente en cuenta que el principio de evitar cualquier colaboración con la extrema derecha es superior a la intención inicial de esquivar un nuevo episodio mediático. Ese reconocimiento llega tarde para muchos, pero es la única admisión pública de que la apariencia de pragmatismo puede convertirse en complicidad real.
Lo ocurrido en Ripoll no es un simple tropiezo táctico; es una lección sobre los límites de la prudencia cuando la prudencia se confunde con la tolerancia hacia fuerzas que la federación regional del PSC califica como incompatibles con sus principios. La política local, tan prosaica y a la vez tan decisiva, muestra aquí su cara más cruda: cuando los equilibrios se sostienen en abstenciones imprevistas, la coherencia valenciana y la autoridad moral quedan en riesgo.
El futuro inmediato abrirá expedientes, exigirá explicaciones y juzgará responsabilidades. Mientras tanto, el debate permanece: ¿es lícito priorizar la estabilidad táctica sobre la defensa clara de los valores democráticos? En Ripoll, la pregunta ya tiene respuesta en las calles y en los despachos del PSC gerundense. Y esa respuesta marcará no sólo la carrera de dos concejales, sino la credibilidad de todo un partido frente a la avanzada de quienes pretenden normalizar lo que debería ser inaceptable.
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