Cosmeticorexia: la infancia bajo el cepillo y el filtro
Cuando la industria y las redes moldean la autoestima de niñas que aún no deberían ser público objetivo

Redacción · Más España


Las imágenes son claras y, por ello, alarmantes: niñas frente a la cámara mostrando rutinas de cuidado de la piel, mezclando tónicos, sérums y correctores como si fuesen recetas de cocina. El caso de Ellie‑May, que desde los 8 años aplica y promociona cosméticos en TikTok y hoy acumula más de 330.000 seguidores, no es una excepción anecdótica sino un síntoma que la crónica revela con datos y testimonios.
El fenómeno tiene nombre emergente en la práctica clínica: cosmeticorexia. Médicos y académicos —entre ellos el dermatólogo Giovanni Damiani— han documentado comportamientos obsesivos en pacientes de 8 a 14 años. Damiani entrevistó a 55 menores y halló indicadores de compulsión en algunos, lo que transforma una moda en un riesgo para la salud psíquica y cutánea de niñas que aún están construyendo su identidad.
No es sólo la clínica la que enciende las luces de alarma. El mercado lo respalda y lo alimenta: productos infantiles de cuidado facial proliferan, a veces con ingredientes antienvejecimiento, y hay paquetes temáticos y marcas que explotan la estética juvenil. Un estudio de la marca Pai sobre 1.500 niños de 9 a 12 años sugiere que casi la mitad usan múltiples productos semanalmente, y que la mitad de esos menores lo hace para corregir lo que perciben como problemas en su piel.
Las redes sociales son el motor imparable. El formato "get ready with me" y los videos de rutinas después del colegio normalizan prácticas de belleza profesionalizadas entre niñas de sólo unos años. Lo que nació en la pandemia como entretenimiento puede haber devenido en actividad económica: la familia de Ellie‑May declara ingresos por contenido en redes. Así, la línea entre juego, trabajo infantil y desesperación estética se vuelve borrosa.
Ante este panorama convergen intereses: empresas que encuentran un nuevo segmento de mercado; influencers infantiles que monetizan su imagen; y reguladores y expertos que piden cautela. Algunas marcas niegan apuntar a un público joven y apelan a la educación sobre el uso responsable de sus productos, pero la existencia del mercado y su expansión no deja lugar a dudas: estamos frente a una industria en crecimiento que no muestra señales de frenarse.
La pregunta que impone la evidencia es nítida y dolorosa: ¿estamos condicionando a las niñas a creer que su apariencia es un problema a corregir desde la infancia? Los hechos documentados —desde millones de vistas hasta entrevistas clínicas— obligan a reflexionar sobre valores culturales y límites comerciales. Proteger la infancia exige poner freno a la mercantilización prematura del cuerpo y a la presión estética que, hoy, se transmite en directo, con filtros y en tiempo real.
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