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Cornellá: el himno ahogado por el insulto y la política que lo alimenta

Los cánticos xenófobos en el España-Egipto desatan la condena institucional mientras la extrema derecha elude reprenderlos

Redacción Más España

Redacción · Más España

1 de abril de 2026 2 min de lectura
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Cornellá: el himno ahogado por el insulto y la política que lo alimenta
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Lo vivido en el estadio de Cornellá no fue un mero desliz sonoro: en dos ocasiones, de forma mayoritaria, se coreó el desprecio. "Los insultos y cánticos racistas nos avergüenzan como sociedad", reconoció el ministro de la Presidencia, Félix Bolaños, palabra que sintetiza la reacción institucional mayoritaria: rechazo rotundo y vergüenza.

Esa condena tuvo eco en todas las filas del arco parlamentario excepto en el extremo que alimenta, según el propio Gobierno, ese tipo de práctica. Desde el Ejecutivo se señaló a "grupos ultras jaleados por la política ultra"; el titular de Política Territorial, Ángel Víctor Torres, denunció lo ocurrido con contundencia y lo calificó de vergonzoso. Óscar Puente no se quedó corto: responsabilizó a la derecha conservadora de ser la consecuencia de años de alimentación del odio y delentó una supuesta "complicidad" de un ecosistema mediático que hoy se escandaliza.

La izquierda y el centro respondieron en la misma clave: IU pidió la intervención de la RFEF y de la Fiscalía; Podemos señaló la conexión entre ese odio coreado por cientos y la legitimación pública que algunas voces políticas y mediáticas han dado a consignas semejantes. El PP también condenó: "Lamentable y condenable", escribió su portavoz parlamentaria, y el alcalde de Badalona subrayó que burlarse de una religión ofende a sus creyentes.

Y en ese hueco, Vox cantó su propia partitura: en lugar de reprobar el cántico xenófobo, el secretario general en Cataluña, Ignacio Garriga, respondió con su habitual discurso contra la inmigración, sin reproche explícito a lo sucedido. Otros cargos del partido fueron más explícitos en excusar o incluso celebrar las consignas. La realidad es nítida: mientras una amplia mayoría política y social se pronuncia contra el insulto al otro, voces de la extrema derecha optan por relativizar, justificar o directamente aplaudir.

La Generalitat, por su parte, percibió intencionalidad: el consejero de Deportes expresó la "sensación" de que aquello "estaba dirigido", un "mensaje muy claro de la ultraderecha" y dudó de la relación de muchos de los que cantaban con el mundo del deporte. Las fuerzas de seguridad han iniciado investigaciones: los Mossos d'Esquadra han abierto diligencias.

Esta es la encrucijada: ¿se trata de incidentes aislados fruto de exaltación o son manifestaciones públicas que crecen en el humus que alimentan determinados discursos? Los hechos prueban que la condena institucional existe —la mayoría política la ha expresado—; también prueban que hay quien, desde la tribuna política, se niega a condenar y contribuye así a que la afrenta encuentre altavoces.

No hay duda, por tanto, de que la sociedad exige respuestas: sanciones, investigaciones y medidas de prevención. Y también claridad ética: quien no condena el racismo no puede luego escudarse en la sorpresa. Porque el silencio o la excusa ante el agravio público son, en sí mismos, una forma de complicidad.

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