Coherencia o contradicción: la encrucijada de la política exterior española
Irene Montero obliga a poner en claro la disonancia entre el discurso pacifista y los hechos

Redacción · Más España


Irene Montero ha vuelto a mover el tablero: no con florituras, sino con una acusación directa que obliga a mirar de frente la política exterior del país. En un vídeo difundido en redes sociales, la dirigente morada ha dicho algo que pesa por su sencillez y por su crudeza: “no podemos decir no a la guerra a la vez que hacemos la guerra”. Es una sentencia que interpela al Ejecutivo y que coloca el debate público donde debe estar: sobre hechos, no sobre retórica.
Montero reclama que España vuelva a votar su permanencia en la OTAN, recordando el referéndum de 1986. No es una invocación retórica: es una propuesta de reponer a la ciudadanía en el centro de una decisión estratégica. Al mismo tiempo, pide la expulsión de las tropas de Estados Unidos y apunta directamente a las bases de Rota y Morón: elementos del mapa que, según su diagnóstico, comprometen la coherencia del mensaje pacifista oficial.
El reproche se dirige además contra el reciente despliegue de la fragata Cristóbal Colón en apoyo a la defensa europea, un movimiento que ha alimentado la fricción entre Podemos y Moncloa. Mientras el Gobierno sostiene que España “no participa en ninguna guerra”, Podemos interpreta cualquier movimiento militar en un escenario de tensión como una contradicción con el compromiso de no beligerancia. No es una cuestión semántica; es la distancia entre una consigna y una práctica.
Montero relaciona esta política exterior con la agenda interna: en su argumento, la inestabilidad internacional exige medidas económicas que protejan a las familias, no alineamientos militares que, a su juicio, no responden a los intereses de la mayoría social. Es un planteamiento que obliga a preguntarse qué prioridad se otorga a la seguridad material de los ciudadanos frente a compromisos estratégicos asumidos en plazas ajenas.
La réplica social llegó con la rapidez de las redes: miles de reacciones, adhesiones celebrando una defensa del pacifismo y críticas que acusan simplificación de la complejidad internacional. Sea cual sea la valoración, el resultado es claro: el debate está abierto y la pregunta que plantea Montero —¿coincide la praxis del Estado con su mensaje pacifista?— exige respuesta pública y transparente.
En política exterior no bastan las proclamas; hacen falta decisiones que las respalden o explicaciones que justifiquen su ausencia. La propuesta de un referéndum sobre la OTAN y la petición de expulsión de tropas estadounidenses sitúan en primer plano la soberanía y la voluntad popular, y obligan al Gobierno a aclarar, con hechos y no con eufemismos, dónde coloca la frontera entre palabra y acto.
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