Choque en el Congreso: el país ante el espectáculo de las descalificaciones
Sánchez y Feijóo convierten el debate sobre la guerra en un intercambio personal que eclipsa decisiones urgentes

Redacción · Más España


El pleno convocado para debatir la posición de España ante el conflicto en Oriente Próximo acabó devorado por un cuerpo a cuerpo verbal entre el presidente del Gobierno y el líder del principal partido de la oposición. Lo que debía ser una deliberación sobre “no a la guerra” y sobre cómo paliar los efectos del enfrentamiento se transformó en un campo de descalificaciones mutuas que dejó en segundo plano el fondo político.
Pedro Sánchez abrió la sesión defendiendo un “no a la guerra”, trazando un paralelismo explícito entre el conflicto reciente y la guerra de Irak de 2003, y evocando las consecuencias de entonces: muertos, desplazados, inestabilidad y atentados. Fue esa comparación histórica la que sirvió de marco para una réplica afilada: el presidente no sólo reivindicó el patriotismo de oponerse a una guerra ilegal, sino que arremetió contra Feijóo con ad hominem calculados: “no está capacitado para gobernar”, “no sabe nada”, y la ironía de que “no sabe dónde está Huelva pero sí dónde están las armas nucleares”. También exigió saber el sentido del voto del PP en la convalidación del decreto de ayudas que mañana somete a la Cámara.
Feijóo respondió con la misma intensidad. Tachó a Sánchez de “matón” y de “perdedor”, y llegó a decir que el presidente tiene “un tic dictatorial peligrosísimo”. Le planteó un desafío: “Si quiere un examen, adelante: vayamos a las urnas”. Su réplica situó la controversia en clave interna: a su juicio, Sánchez se revuelve porque le molesta perder frente a quien menosprecia, y sentenció que “la mayoría de los españoles no queremos la guerra pero la mayoría de los españoles tampoco queremos a Sánchez”.
El intercambio no se limitó a adjetivos. Sánchez reprochó al PP cobardía y complicidad con un “desastre absoluto” y llegó a atribuir a Feijóo insinuaciones sobre la regularización de inmigrantes vinculadas a atentados, antes de reclamar el apoyo de los populares al decreto de ayudas. Feijóo, por su parte, acusó al presidente de falsear prioridades internas y externas: le reprochó presentar a España en escenarios internacionales comprometidos, al tiempo que gobierna sin Presupuestos, y apuntó contradicciones en la gestión militar que describió como gasto récord y decisiones tomadas “a espaldas de la Cámara”.
No faltaron las imágenes duras: Sánchez trazó la responsabilidad histórica de la guerra de 2003 y reivindicó que “España hoy es un referente mundial en defensa de la paz y el derecho internacional”, mientras que Feijóo llegó a afirmar que la cara del presidente aparece en misiles del régimen iraní y le lanzó un certero “ahórrese sus sermones”. Ambos usaron la tribuna para exponer no sólo discrepancias de política exterior, sino diagnósticos sobre el estado de la política española: Presupuestos prorrogados, tensiones internas en el Gobierno y la oposición, y la inminencia de una votación parlamentaria sobre un decreto de ayudas.
El resultado es visible: un debate que debía centrarse en medidas y en responsabilidades internacionales derivó en una refriega personal que concentra titulares pero que apenas aclara el sentido del voto del PP sobre el decreto ni apaga la inquietud ciudadana que suscita el conflicto exterior. Mientras tanto, la votación de mañana mantiene en vilo la posibilidad real de ayudas para paliar efectos del enfrentamiento, y el espectáculo parlamentario plantea una pregunta incómoda: ¿priorizamos el intercambio de descalificaciones o la búsqueda conjunta de soluciones para los españoles?
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