Castilla y León: urnas de siempre, tensión de ahora
Un 15-M donde la calma regional se disputa con la guerra de las siglas nacionales

Redacción · Más España


Pocos comicios resisten a la contagiosa liturgia de la política nacional. Castilla y León, con poco más de dos millones de electores convocados, vive este 15‑M una jornada que las encuestas no aventuran transformadora del mapa, y sin embargo ha terminado por parecer imparcheable del combate político que sacude España.
Son las segundas elecciones en solitario de la comunidad y la tercera estación de un ciclo electoral intenso que arrancó en diciembre en Extremadura y terminará en junio en Andalucía. La lectura histórica no es inocua: hace cuatro años el resultado autonómico en Castilla y León fue el detonante de la caída de Pablo Casado y de la llegada de Alberto Núñez Feijóo al liderazgo del PP. Lecciones del pasado que pesan en el presente.
Los sondeos, dicen, no prevén grandes convulsiones. Y sin embargo ninguna dirección nacional ha renunciado a meter baza. Vox ha convertido la campaña local en tablero nacional: Santiago Abascal ha sido el candidato real en su gira, marcada además por un conflicto interno tras la expulsión de dirigentes históricos que han denunciado una purga orgánica. Esa fractura no es un detalle menor; resquebraja la narrativa de cohesión que una fuerza exige para aspirar a más.
El PP regional, con Alfonso Fernández Mañueco, y el PSOE, con Carlos Martínez estrenando candidatura, han desplegado una campaña mesurada, prudente, consciente de que la comunidad reprueba las ocurrencias. Ambos han intentado blindar la campaña de la “toxicidad nacional”, priorizando problemas y propuestas locales. Pero hasta la defensa de la calma ha requerido refuerzos: Pedro Sánchez y Feijóo han querido estar presentes en la recta final, como si la geografía electoral de Castilla y León necesitara el sello de la política de Madrid.
En el lado del PSOE, el grito del “No a la guerra” lanzado por el presidente Sánchez ha reactivado el ánimo de la izquierda, según la dirección federal. Ferraz y Moncloa consideran factible disputar al PP el lugar de partido más votado; una aspiración que, aun si se lograse, no garantiza la posibilidad de gobernar. En el acto final del PSOE en la comunidad, Sánchez estuvo flanqueado por José Luis Rodríguez Zapatero —vinculado al concepto del “No a la guerra”— y Óscar Puente, figura destacada en la ofensiva digital del partido. “No nos hemos derrumbado” se ha convertido en la consigna que explica la modestia de las expectativas convertida en esperanza.
El frente más peliagudo, sin embargo, es el que abre la pugna entre PP y Vox. Las urnas servirán para medir la resistencia del PP al empuje de Abascal y calibrar hasta dónde llega la escalada que empezó en Extremadura y continuó en Aragón. Vox ya obtuvo 13 escaños en las elecciones anteriores y su fortaleza entonces fue clave para que Mañueco alcanzara la presidencia gracias a un acuerdo que después naufragó cuando Vox abandonó el gobierno. Feijóo ha probado una retórica más contundente contra Abascal que la de los mítines de Mañueco, buscando subrayar la responsabilidad de un partido que ha gobernado frente a la “irresponsabilidad” que imputan a la formación de caladeros antisistema.
La situación de fondo es de cuellos de botella en la gobernabilidad: Extremadura y Aragón continúan empantanadas a la espera de acuerdos con Vox, y lo previsible es que el lunes haya hasta tres comunidades pendientes de un pacto PP‑Vox para conformar gobierno. Tres presidentes del PP —Guardiola, Azcón y Mañueco— quedarían así en una espera que condiciona la agenda política regional y nacional.
Y mientras discurre la campaña, incluso el Ejecutivo central está en plena carrera por apuntarse medidas: el plan del Gobierno para mitigar las consecuencias de la guerra en Irán sobre la economía española ha entrado en la competición interna entre ministerios. La vicepresidenta segunda, Yolanda Díaz, anunció que el plan antiguerra se aprobaría el martes siguiente y el Gobierno ya se reunió con los agentes sociales para debatir las medidas. Una muestra más de que la política, en tiempos de convulsión exterior y conflicto interior, no cesa en sus apuestas por marcar la agenda.
Así llega Castilla y León al 15‑M: con un mapa que los sondeos pintan estable, pero con una campaña donde la política nacional se ha impuesto como telón de fondo. La calma regional ha resistido los azotes, pero la prueba real de esta jornada será comprobar si el sosiego local puede sostenerse frente a la inercia de la polarización española.
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