Benito Juárez: el zapoteco que fundó un Estado y despertó amores y odios
Del humilde origen en Guelatao a la modernización de México: un legado controvertido y decisivo

Redacción · Más España


Nació hace 220 años en un remoto pueblo zapoteco de Oaxaca y, contra la gravedad de una etapa marcada por guerras y fragilidad institucional, llegó a presidir la República. Esa trayectoria —desde huérfano y hablante de zapoteco hasta jurista, profesor y presidente— no es una simple anécdota biográfica: es la médula de una transformación nacional.
La contribución de Benito Juárez y de su entorno liberal fue, según el historiador Raúl González, la modernización de México. No se trata de una metáfora: hablamos de la creación de instituciones y de un marco legal que comenzaron a dar forma al Estado mexicano en un momento en que el país había transitado por conflictos internos y por derrotas internacionales que lo desmembraron.
Que un hombre nacido en Guelatao, hijo de una familia zapoteca y huérfano a los tres años, alcanzara la presidencia es un dato que corta la respiración histórica. Juárez supo, como relató su biógrafo, que la educación era la vía de progreso: estudió, se hizo abogado y ascendió con rapidez en la política —diputado, gobernador de Oaxaca, ministro de Justicia, presidente de la Suprema Corte y, finalmente, presidente de México— hasta convertirse en actor central de una época.
Pero no hay trayectoria heroica que no cargue sombras. Juárez fue y sigue siendo objeto de críticas: su decisiva separación entre Iglesia y Estado provocó rechazo en un país profundamente católico; se le acusó, también, de ejercer un poder duro, incluso autoritario en ciertos episodios locales. El caso de 1847 en Juchitán —una protesta por el control de un yacimiento de sal donde, según fuentes, Juárez respaldó una sentencia judicial que desfavorecía a pobladores y fue acusado de reprimir la revuelta— ilustra esa tensión entre legalidad y percepción popular.
Frente a las acusaciones, los testimonios historiográficos no ofrecen una sola verdad monolítica. Raúl González recuerda que Juárez, como jurista, defendía la aplicación de la ley sin distinciones raciales: "la ley no debe hacer diferencias", dijo el propio gobernante ante críticas por su actuación en Oaxaca. Otros investigadores, como Jesús Velasco, han calificado su estilo como "bastante autoritario", dejando claro que el juicio sobre su figura no es unívoco.
Otro capítulo que explica la polémica es la laicidad que impulsó Juárez. La separación Iglesia-Estado fue una medida que fortaleció al Estado moderno pero que, simultáneamente, quebró sensibilidades en una nación profundamente marcada por la religiosidad. Es ahí donde la modernización topó con tradiciones y afectos: construir el país exigió medidas que fueron, y siguen siendo, motivo de debate.
También han circulado en la memoria colectiva cuestionamientos de diversa índole —desde acusaciones sobre ambición por el poder hasta la mención de su pertenencia a la masonería—, algunas de ellas persistentes pese a la complejidad histórica. Y en cuanto a la discriminación por su origen indígena, los documentos citados por historiadores señalan que Juárez no consignó haber sido víctima de discriminación explícita; lo que sí percibía era la división entre pobres y ricos en la escuela y en la sociedad.
La figura de Juárez se mantiene, por tanto, en tensión: símbolo de una ascensión extraordinaria que posibilitó la creación del Estado mexicano moderno y, a la vez, blanco de críticas sobre su manera de ejercer el poder y sobre las decisiones que transformaron el tejido social. Esa doble faz —admirado y denostado— es el espejo en que México contemporáneo se mira para entender cómo se forjó su nación.
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