Andalucía: la palanca invisible que mueve España
Una autonomía que no pide permiso pero decide destinos

Redacción · Más España


Los tópicos persisten como maldición, pero la realidad andaluza demuestra que algunos de ellos se convierten, con el tiempo, en instrumentos de poder. Lo que fuera estigma —ese atraso económico que acompaña desde el siglo XIX a la imagen del sur— se ha conjugado con una capacidad de iniciativa política que nadie sabe ignorar.
Del 78 a esta parte Andalucía fue escenario de primeras veces políticas: allí estalló el “café para todos”; allí se anunció la llegada del PSOE y el adiós de la UCD con su reemplazo por AP; allí se celebraron los primeros éxitos nacionales de Ciudadanos y los primeros escaños autonómicos de Vox; y las urnas andaluzas ofrecieron los primeros termómetros del ciclo Aznar y del desencanto de Rajoy. Eso no es folklore: es influencia tangible.
La comunidad más poblada, la que reparte más escaños, la que puede conceder o negar presidencias de Gobierno y de partido: no son hipérboles, son hechos que explican por qué la política española mira a Andalucía cuando se juegan mayorías y equilibrios. Si para calibrar un triunfo basta imaginar el estrépito de un fracaso, conviene notar que el silencio habría sido ensordecedor de haberse tratado de una autonomía fallida.
Hay huellas concretas de ese desembarco andaluz en los centros de mando. Cuando González y Guerra toman Madrid, cuando en La Moncloa no se instala un Biergarten para seducir a Kohl sino una bodeguilla, se refleja una presencia cultural y política que no se agota en estereotipos. Andalucía pasó de ser ejército laboral de reserva a ser pieza decisiva en el tablero nacional. El AVE, que abolió en buena medida Despeñaperros, contribuyó a que ese destino no fuese el del Mezzogiorno italiano; contribuyó, además, a que Andalucía siguiera floreciendo y a que su imagen espiritual de España perviviera en el imaginario.
Políticamente, la autonomía ha servido también para depurar liderazgos. En clave reciente, las elecciones andaluzas han sido escenario de pruebas que pulverizan certezas: desde la consolidación de Sánchez ante la caída de Susana Díaz, hasta la construcción presidencialista de Juanma Moreno, figura que pasó de ser piedra rechazada en el PP a piedra angular en Andalucía. Y ese MPPI—de hecho—refleja cómo en el partido conservador cada sensibilidad responde a sus lugares comunes: Ayuso con su despliegue madrileño, Moreno con una estampa andaluza que evita tocar el statu quo heredado, y Feijóo, paciente, observando un tablero que siempre tiene algo que decir en Galicia y en Madrid.
En la campaña autonómica reciente nadie rehúye unas gotas de andalucismo político, ni siquiera Vox; no es postureo: es reconocimiento del peso real. Que la ministra de Hacienda compita en el mismo escenario añade una variable conocida: desde esa cartera resulta difícil atraer votos; pero la elección andaluza siempre tiene sus sorpresas y restos que pueden limar mayorías.
Concluye una lección clara: Andalucía no es un decorado ni una caricatura tópica. Es actor con interés propio y con capacidad de incidir en la arquitectura del poder español. Quien piense que basta con estigmas antiguos para ignorar ese hecho, se equivoca. Andalucía manda —a su manera— y España lo sabe.
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