Alvise y su épica del agravio: victimismo como estrategia en Andalucía
El eurodiputado sevillano vuelve a la carga tras dos tropiezos autonómicos, abrazando el papel de perseguido

Redacción · Más España


Alvise Pérez, sevillano y eurodiputado, afronta su tercer intento autonómico tras pinchar en Aragón (febrero) y en Castilla y León (marzo). Lo hace en Andalucía, su "mi ciudad", donde su partido, Se Acabó La Fiesta (SALF), aspira a colarse en el Parlamento andaluz y soñar con un papel decisivo.
La campaña del agitador ultraderechista —difusor de bulos y teorías de la conspiración, inmerso en diversos problemas judiciales y con la inmunidad parlamentaria ya levantada por un caso de presunto acoso a una fiscal— ha elegido la retórica del agravio como estandarte. Con los sondeos en contra —las encuestas del CIS, del Centra y la realizada por 40dB. para EL PAÍS y la Cadena SER no le asignan escaño— Pérez eleva su discurso de resistencia: "No sabéis lo que es"; "¡Tendrán que ilegalizarnos para detener este movimiento civil!", llegó a proclamar en Sevilla.
Hay datos objetivos que matizan la épica: en las europeas de 2024 SALF obtuvo en Andalucía más de 180.000 votos (6,21%), frente al 4,59% en España. Esos porcentajes invitan a un optimismo calculado —en Málaga alcanzó el 7,4%—, pero los expertos recuerdan la naturaleza distinta de unas europeas, con un voto más experimental. Además, el umbral de entrada formal del 3% por provincia se eleva en la práctica: supera el 7% en provincias pequeñas como Huelva o Jaén y se sitúa en torno al 5%-6% en grandes como Málaga o Sevilla, lo que, según analistas, dificulta la conversión de apoyos en escaños.
La puesta en escena en Sevilla (domingo 10 de mayo) resumió la mezcla que pretende vender: sevillanía folclórica, rechazo al "sistema" y una apelación religiosa y mesiánica a sus seguidores —llegó a dirigirseles como "queridos hermanos"—. El mitin, distinto al de Vox por su matiz antisistema más que xenófobo, exhibió andalucistas banderas junto a las españolas y consignas personales: "Perseverancia, fuerza y fe". El candidato presidencial Adrián Yacar acompañó al líder, pero la figura central fue Pérez, que bordó la épica del agraviado: denuncias de calumnias —"ofrezcan dinero a familiares con los que no hablas hace 20 años para que me calumnien"— y alusiones a su pasado personal como argumento político.
El relato de Pérez combina la autobiografía y la indignación: dejó la educación a los 16 años, relata un origen "superhumilde" —"no tenía dinero ni para libros"— y utiliza episodios familiares, como el tratamiento de cáncer de endometrio de su madre, para criticar el funcionamiento del sistema sanitario. Su trayectoria política arrancó en Sevilla —a los 18 ya ambicionaba política europea— y hoy reivindica la ciudad como pilar de su relato, a pesar de presentarse como figura incómoda para las élites.
La apuesta por el victimismo es consciente y tácticamente clara: frente a la falta de pronósticos favorables y con la posibilidad de una nueva retirada de inmunidad por supuesta financiación irregular, la narrativa de persecución busca transformar debilidades judiciales y electorales en garantía de movilización. Si los números confirman el fracaso, sería, como apuntan sus críticos, un fracaso en casa; si no, la tensión entre el voto experimental y la lógica provincial marcará el destino de SALF.
En cualquier caso, la campaña actual es la radiografía de un método político: convertir la adversidad en epopeya, los expedientes en martirologio y la derrota anunciada en acto fundacional. Es la apuesta de un líder que, con 36 años, ha hecho de la contradicción personal y del agravio público su bandera; la política andaluza verá si esa bandera ondea o simplemente agita viento en vacío.
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