Economía

África se rebeló contra el vaticinio de la catástrofe: economía, resiliencia y hechos

Los pronósticos apocalípticos no explican por qué el continente avanzó pese a la retirada de ayudas

Redacción Más España

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21 de marzo de 2026 3 min de lectura
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África se rebeló contra el vaticinio de la catástrofe: economía, resiliencia y hechos
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El año pasado, una decisión política en Washington —el cierre de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID)— fue presentada por muchos como sentencia de muerte para la estabilidad y la vida en buena parte de África. Con más de US$80.000 millones en 2024, Estados Unidos era, hasta entonces, el principal donante de programas contra el hambre, la pobreza y enfermedades. Organizaciones y activistas lanzaron la alarma: sin cooperación, vendría la catástrofe.

Se llegó a anticipar, incluso en un informe de The Lancet, que los recortes podrían traducirse en 14 millones de muertes prematuras en el continente para 2030. La hipérbole de la predicción contrastó, sin embargo, con una realidad menos acrítica y más compleja: en su conjunto, África no se desplomó. Según observan analistas y fuentes citadas, la región creció en 2025 y, según proyecciones del Fondo Monetario Internacional, 11 de las 15 economías de mayor crecimiento mundial en 2026 estarán africanas.

¿Significa esto que no hubo daño? No. La Organización Mundial de la Salud documentó efectos concretos y dolorosos: entre enero y octubre de 2025, 5.687 instalaciones sanitarias en 20 contextos humanitarios se vieron afectadas por la reducción de la ayuda internacional, y 2.038 cerraron, lo que redujo el acceso a servicios de salud para 53,3 millones de personas. ONG sobre el terreno, como Médicos Sin Fronteras, reportaron 652 muertes infantiles por malnutrición en Katsina (Nigeria) en los primeros seis meses de 2025. Son datos que no pueden minimizarse ni instrumentalizarse.

Pero la imagen completa exige equilibrio. La dependencia africana de la ayuda internacional ya venía disminuyendo antes de los recortes: el número de países donde la ayuda superaba el 5% del PIB bajó de 27 en 2000 a 22 en 2022; los que superaban el 10% cayeron de 14 a 9; los que superaban el 20% pasaron de cinco a uno. Y las cifras de 2023 ilustran una economía con fuentes de ingresos diversas: la ayuda internacional al desarrollo fue de US$73.800 millones, por debajo de los US$90.800 millones en remesas, de los US$97.100 millones en inversión extranjera directa y muy por debajo de los US$479.700 millones en ingresos fiscales.

Lo revelador es que, lejos de plegarse, varios países africanos respondieron con creatividad y empuje. La innovación tecnológica, la adopción masiva de soluciones como el dinero móvil en Kenia, la entrega de suministros médicos por drones en Ruanda o el liderazgo en acceso a internet escolar en Mauricio muestran una agenda de adaptación que no cabe en la narrativa de la mera dependencia.

No se trata de negar tragedias puntuales ni de aplaudir la retirada de la cooperación internacional: los efectos en salud son reales y condenables. Pero también es justo reconocer que la dependencia absoluta era, en muchos casos, un mito. La economía africana exhibe hoy fuentes diversificadas de ingreso y capacidades para capitalizar oportunidades. Quienes preconizaron el desastre global encontraron, en cambio, una región que amortiguó el golpe y continuó creciendo.

Esto es una lección política y moral: alarmar sin mirar datos completos es irresponsable; subestimar la capacidad de respuesta de sociedades enteras, también. La verdad, esa que emana de cifras verificables y del terreno, obliga a un enfoque más matizado: proteger y fortalecer los sistemas sanitarios y humanitarios donde fallan, sí, pero también asociarse con gobiernos y empresarios africanos que están demostrando que el desarrollo puede (y debe) construirse con recursos propios, inversión y audacia tecnológica. Ignorar ese hecho sería repetir la vieja condescendencia que confunde caridad con incapacidad.

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