25-F: la corriente que salvó la democracia
La investidura retomada en un Parlamento conmocionado y blindado

Redacción · Más España


El 25 de febrero no fue una sesión más: fue la hora en la que la democracia volvió a mirarse al espejo y comprobó que podía mantenerse en pie. Dos días después del asalto —del pleno que no salió la tarde del 23, interrumpido por golpistas con armas y tricornios— el Parlamento se abrió de nuevo, esta vez blindado por la policía y por la gravedad de lo que estaba en juego.
El ambiente era de conmoción e intensidad; las portadas internacionales lo atestiguaron. Le Monde desde París y The New York Times desde Nueva York colocaron a España bajo una lupa incómoda. El papel del Rey fue destacado por la prensa; la Cámara respiró la sensación de que la nación tenía que responder. Eran horas en las que la imagen pública no se bastaba a sí misma: había que sostener la institución que representa la voluntad colectiva.
El Diario de Sesiones recoge el desarrollo de una investidura atípica. A las cuatro y cincuenta de la tarde se reanudó la votación por Leopoldo Calvo Sotelo. En esas intervenciones se aplaudió la “gallardía y el valor físico” del teniente general Gutiérrez Mellado, palabras que resonaron incluso entre quienes antes le habían vilipendiado. Fue, en fin, un gesto de reconocimiento que cambió momentáneamente las etiquetas y aproximó posiciones.
Santiago Carrillo fue explícito: afirmó que las horas del golpe habían acercado a todos y que se había establecido “una corriente humana” que hasta entonces se había desvanecido en la Cámara. Dijo también que lo único positivo del intento de golpe fue que ayudó a elevar la conciencia ciudadana de España. Carrillo llegó a pensar el 23 que podían matarle allí mismo; esa conciencia de peligro dio electricidad moral a la jornada.
Felipe González propuso un Gobierno de coalición con amplia base parlamentaria y apoyo popular, buscando concitar la confianza de todos los grupos defensores de la democracia. Llamó a no perder la memoria de lo que vale la libertad cuando se pierde. Calvo Sotelo rechazó la oferta socialista y la secundación de Carrillo, sosteniendo que a la UCD no le hacía falta incorporar a nadie más para conjurar los riesgos.
Fue, en suma, un pleno solemne y emocionado, atravesado por el miedo a que lo que había fracasado volviera a intentarse con éxito. Fue también la constatación de que, a veces, hacen falta sacudidas para elevar la conciencia colectiva y recomponer la corriente humana que sostiene las instituciones. Han pasado décadas y muchas cosas han cambiado, pero algunas frases de aquel día suenan como dichas ayer: la democracia, advertida por la proximidad del desastre, reaccionó y respiró.
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