Zapata: la fuerza popular que cambió el destino de México
El Caudillo del Sur convirtió una lucha ancestral en proyecto de nación

Redacción · Más España


Emiliano Zapata Salazar, nacido en Morelos en 1879 y asesinado el 10 de abril de 1919 en Chinameca, encarna algo más que la biografía de un líder: encarna la continuidad de una reclamación social que venía de la Colonia y que, durante el Porfiriato, se agravó hasta hacerse insoportable.
No fue el primer caudillo de la Revolución, pero sí el que, por raíces y programa, arraigó en los sectores más desprotegidos: indígenas, campesinos, jornaleros y obreros. Su Ejército Libertador del Sur nació del despojo sostenido de tierras, bosques y manantiales, y de la incapacidad de la política mexicana postindependencia para tutelar los derechos comunitarios.
Es significativo que, en 1910, más del 80% de los campesinos carecieran de tierra: un dato que ayuda a explicar por qué miles se sumaron al movimiento zapatista en pocos meses. Y es ese reclamo básico —la restitución de las tierras entregadas a las comunidades desde tiempos coloniales y arrebatadas por hacendados y empresas— el que da al zapatismo su poder simbólico y social.
El Plan de Ayala de 1911, que desconoció al presidente Francisco I. Madero, no fue sólo una purga política: fue un programa de nación. En los territorios controlados por Zapata se restauraron prácticas y autoridades agrarias; más aún, el documento cristalizó las reivindicaciones campesinas en una visión política con alcance estructural.
Por eso historiadores como Felipe Ávila sostienen que, sin el zapatismo, la Revolución Mexicana habría quedado en una mera sustitución de poder presidencial. En cambio, el movimiento transformó el modelo de país existente y dejó huella en lo que hoy es parte del México contemporáneo.
La popularidad de Zapata —cientos de monumentos, calles, escuelas que llevan su nombre, decenas de películas y abundante bibliografía— no responde sólo a la épica de las batallas, sino a la autenticidad de su causa: la defensa ancestral de la tierra, el agua y los recursos naturales frente a la concentración y el despojo.
Ese legado no se agota en la historia: sigue siendo punto de referencia y fuente de inspiración para movimientos sociales que reclaman justicia agraria y protección de bienes comunes. Reconocerlo no es mitificarlo: es admitir que hubo en la Revolución una corriente que elevó las demandas populares a programa político y que, por ello, cambió para siempre el mapa del país.
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