Vox se encoge en Andalucía: prudencia que delata crisis
Del orgullo de 2022 a la contención táctica: rebajar expectativas para evitar otra decepción

Redacción · Más España


Hace cuatro años, Santiago Abascal veía ya "cara de presidenta" en Macarena Olona. Hoy, ese eco de confianza suena lejano y amortiguado. Lo que entonces se presentaba como un envite poderoso —con Vox llegando tras récordes y su primera entrada en un gobierno autonómico— ha mutado en un ejercicio público de contención.
La voz oficial lo ha dicho con naturalidad estratégica: "Las encuestas y las tendencias de las encuestas indican que la situación está muy pareja a como estaba hace cuatro años", afirmó el portavoz nacional, José Antonio Fúster, y matizó que se intentará "darle la vuelta, pero no es una expectativa, es un anhelo". No es menor la advertencia: "No vayan diciendo que tenemos unas expectativas de que vamos a reventar mayorías absolutas". Palabras hechas consigna para bajar el listón.
Esa prudencia no brota en el vacío. Vox carga con tensiones internas —mencionadas en la fuente— tras la expulsión de su fundador Javier Ortega Smith y la salida de otros dirigentes críticos. A ello se suma la lectura brutal de las urnas: los comicios de Castilla y León en marzo frenaron el impulso que el partido venía manteniendo y tumbaron la aspiración de superar por primera vez el 20% del voto, un objetivo que las encuestas y algunos dirigentes pensaban plausible.
Las cifras que maneja el análisis público tampoco son inocuas. Andalucía parte de un 13,5% que obtuvo Macarena Olona, frente a un 17,6% con el que Vox llegó a Castilla y León en otras ocasiones; y, además, candidatos de Vox en Extremadura (16,9%), Aragón (17,8%) y Castilla y León (18,9%) han superado ese 13,5%. No alcanzar en Andalucía a las cifras de esas comunidades sería, por tanto, un frenazo relevante para la formación, según el diagnóstico que circula dentro y fuera del partido.
No obstante, la táctica es diáfana: rebajar expectativas para no alimentar una decepción que agrave la crisis interna. Ignacio Garriga ya lo puso por escrito a la militancia: en Andalucía hay "el difícil reto de aumentar nuestra representación en una región donde la mafia bipartidista es extremadamente fuerte y subvencionada". Tonalidad de combate, sí, pero con prudencia pública.
En las calles, el despliegue tampoco muestra desbandada. Abascal está volcado en el terreno electoral: actos en nueve ciudades andaluzas, arranque de campaña en la manifestación del 1 de Mayo convocada por su sindicato en Jaén, y presencia continuada la semana siguiente. No habrá caravanas paralelas de dirigentes nacionales; su papel será puntual y sin solaparse con Abascal. Los diputados autonómicos, por su parte, recorren sus provincias.
Y en el discurso, vanas certezas y estrategias de desgaste: Abascal ha recriminado a Moreno que "se quede sentado ahí sin hacer nada" y apuesta por "apretarle las tuercas" para lograr "cosas de sentido común y razonables". También insistió en que "la izquierda andaluza no tiene nada que hacer" en estas elecciones, un mensaje que busca desalentar el llamado voto útil y plasmar una alternativa de firmeza.
La prudencia de Vox en Andalucía no es mero cálculo electoral; es diagnóstico de un momento distinto. Las tardanzas en sellar acuerdos con el PP en Extremadura y Aragón, la convulsión interna y los frenos en las urnas han impuesto la consigna: contener la euforia, moderar promesas, evitar repetir la decepción. Lo que queda por ver es si esa contención sirve para recomponer fuerzas o si, por el contrario, quedará como testimonio de un retroceso que exigirá decisiones más profundas.
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