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Vox frente a Vox: el choque de lealtades que intentan reducir a estrategia ajena

Ex dirigentes exigen congreso extraordinario; la dirección responde ligando la protesta a una maniobra del PP

Redacción Más España

Redacción · Más España

19 de marzo de 2026 3 min de lectura
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Vox frente a Vox: el choque de lealtades que intentan reducir a estrategia ajena
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Se ha encendido una disputa interna que no puede parapetarse bajo la retórica del ruido exterior. Un manifiesto, firmado por ex dirigentes que un día estuvieron en la primera línea de Vox —Javier Ortega Smith, Iván Espinosa de los Monteros, Rocío Monasterio, Víctor González Coello de Portugal y otros— ha pedido la celebración de un congreso extraordinario para repensar la orientación del partido. No se trata de una novedad puntual: las críticas que recogen son las mismas que algunos firmantes vienen formulando en público desde hace meses, incluso años. Lo nuevo es la organización colectiva y la firma conjunta de quienes formaron parte del núcleo duro de la formación.

La reacción del aparato no se hizo esperar. Pepa Millán zanja que un congreso extraordinario "no tiene ningún sentido en un partido que está creciendo", y José María Figaredo, secretario general en el Congreso, denuncia en los pasillos una presunta "estrategia" de Génova, afirmando que se intentaría "malmeter y socavar" al partido. Carlos Hernández Quero, por su parte, sugiere en redes que el PP busca un Vox dócil y apunta a supuestas reuniones de Espinosa con la formación conservadora. Con estos pasos, la dirección intenta situar la controversia fuera del tablero interno: no es debate de ideas, sino maniobra ajena.

Hay en ese movimiento defensivo una doble intención: mantener incólume el liderazgo de Santiago Abascal —según subrayaron— y desactivar el impulso de quienes piden una asamblea. La dirección también cuestiona la validez del proceso iniciado por los críticos: advierte que la recogida de firmas presentada no prueba que quienes secundan la propuesta sean afiliados y recuerda el requisito estatutario del 20% de la militancia para convocar una Asamblea Extraordinaria. Es, dicho de otro modo, un reproche técnico que busca frenar el desafío con normas internas.

No todas las voces críticas se alinean: Juan García-Gallardo, ex líder en Castilla y León, reconoció coincidencias y diferencias con Espinosa y, pese a mostrarse crítico con la cúpula, no rubricó el manifiesto. El afiliado número uno, Ignacio Ansaldo —que recientemente anunció su expulsión de Vox— figura como promotor simbólico; también aparecen nombres como el de Inés Cañizares, uno de los cargos públicos de mayor nivel que el partido conserva tras su salida de los gobiernos autonómicos. Esa mixtura de firmas eleva la tensión política: se conjugan autoridad histórica con símbolos de militancia y cargos institucionales.

La disputa plantea preguntas de fondo que la dirección evita convertir en debate público: ¿por qué se han producido sin explicaciones suficientes salidas o apartamientos de mandos históricos? ¿Por qué, según los firmantes, pensar, discrepar o evaluar se ha convertido en problema? ¿Por qué se han protagonizado cambios relevantes de orientación política sin explicación? Queden o no resueltas, son preguntas que no desaparecen porque se etiquete la protesta como exterior.

Vox quiere presentar unidad y crecimiento; los que piden congreso exigen claridad y rendición de cuentas interna. Ambos reclamos no son necesariamente incompatibles, pero la respuesta institucional ha optado por la deslegitimación del adversario interno—acusándolo de ejecutar la "estrategia del PP"—en vez de responder a las inquietudes planteadas. Esa elección define un estilo: cerrar grietas guardando el búnker o abrir las puertas para encarar el debate. La decisión marcará, sin duda, el pulso futuro de la formación.

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