Vox envelena la alianza: cartas, insultos y un clan al que señalan como contrabandista
La misiva de Abascal a afiliados dispara la tensión con el PP en Semana Santa

Redacción · Más España


Semana de Pasión política: en lugar de sosiego, estallido. Vox ha elegido la madrugada de la batalla retórica para enviar a sus simpatizantes una carta que no busca matices sino daños. En la misiva, el partido que preside Santiago Abascal acusa al PP de operar como "ese clan gallego con prácticas de contrabandistas de ría" y reparte las culpas en filas populares señalando a la jefa de gabinete, Mar Sánchez, y al secretario general, Miguel Tellado.
No es una reprimenda comedida: es una declaración de guerra comunicativa. Abascal, vía Ignacio Garriga, coloca en el tendal también a Pablo Casado y remata con descalificaciones que buscan escamar y agitar. El lenguaje empleado no es invitación al diálogo; es ariete para abrir brecha en la relación entre partidos de la derecha.
Que Vox lance semejantes arengas desde su propio cuartel general no es anécdota. El artículo recoge la predilección del partido por gestos estridentes —su «culto al líder», su relación con el dinero y los pactos de última hora con minas ocultas— y su persistente defensa de figuras como "La Bestia" de la política internacional, en palabras del medio. Son señas que no venden conciliación sino confrontación.
Feijóo, señalado sin ambages, queda emplazado a lidiar con una alianza que, por decisión de la otra parte, parece más un campo minado que un acuerdo estable. La advertencia implícita es clara: con socios así, el PP necesita aprender a desenvolverse en ingravidez, o a buscar otra órbita.
La crónica no olvida la ambientación: mientras algunos sueñan con la Luna como bazar o refugio, la política española se empeña en demostrar que la realidad aquí abajo no es menos rocambolesca. La carta de Vox no es solo un comunicado: es un gesto profundo que reconfigura, al menos en lo retórico, la geografía de la derecha.
Que estos episodios se produzcan en plena Semana Santa añade ironía y urgencia: donde otros procesan imágenes de recogimiento, la sed de espectáculo político presume de ordenar herejías internas. El resultado es una derecha en la que la tensión no se limita al hemiciclo sino que salta a las redes, a las bases y a las mesas de negociación.
Queda la pregunta —retórica, inevitable—: ¿quién gobierna la alianza cuando uno de los socios decide disparar sobre el otro? La carta de Vox ofrece respuesta por omisión: no la unidad, sino la fractura como instrumento de presión.
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