¿Victoria militar o ilusión táctica? El espejo roto de la guerra contra Irán
Entre la pompa triunfalista y la realidad estratégica, Estados Unidos encara un balance incierto

Redacción · Más España


Desde el podio del Pentágono hasta las pantallas que retransmiten cada rueda de prensa, la narrativa de la guerra ha sido construida con despliegue y teatralidad. Pete Hegseth, secretario de Defensa, ha llevado su estilo televisivo a las comparecencias oficiales, marcándolas con un tono triunfalista que celebra supuestas «victorias militares con mayúsculas» y habla de «muerte y destrucción desde el cielo durante todo el día». Es la liturgia del poder que quiere convencerse a sí misma antes de convencer al país.
Pero la política y la estrategia no admiten consignas televisadas cuando se trata de objetivos tan concretos como la neutralización de un programa nuclear. El propósito declarado de impedir que Irán obtenga un arma nuclear —un objetivo reiterado por la Casa Blanca— se topa con realidades materiales. Tras los ataques a instalaciones como Isfahán, Fordow y Natanz, siguen existiendo indicios de reservas de uranio enriquecido casi apto para uso armamentístico, según las mismas informaciones públicas. El director del OIEA, Rafael Grossi, llegó a advertir que no existe, en última instancia, una solución militar simple a las ambiciones nucleares iraníes.
No es menor que la administración declare ahora la intención de «desenterrar y retirar» polvo nuclear sepultado por los bombardeos. Es una imagen poderosa en lo retórico; en lo práctico, dependerá de acuerdos, inspecciones, y —sobre todo— de la colaboración iraní. Y Teherán, antes y ahora, ha mostrado una mezcla de desafío y cálculo que dificulta cualquier solución unilateral impuesta desde fuera.
La pretensión de cambio de régimen y la exigencia de «rendición incondicional» tampoco han cosechado los frutos anunciados. Pese a las presiones y a acciones que incluyeron la eliminación de figuras clave, la sucesión en el liderazgo iraní ha continuado su cauce institucional: el ayatolá Alí Jamenei ha sido sustituido por su hijo Mojtaba como líder supremo. No hay, a la vista, pruebas públicas de la capitulación o la fragmentación del régimen que algunos pronosticaron.
De hecho, el propio patrón de conducta que llevó a la guerra —la alternancia entre diplomacia y acción militar, la retirada del JCPOA durante la presidencia anterior y la apuesta por la coerción— ha terminado por fragilizar la vía diplomática y sembrar dudas sobre los resultados permanentes de la campaña. Lo que se exhibe como contundencia bélica puede traducirse, a la postre, en un reforzamiento de la determinación iraní para conservar o incluso acrecentar capacidades disuasorias.
Con un frágil alto el fuego que ya muestra fisuras, la pregunta no es retórica: ¿ha conseguido EE. UU. los fines esenciales que anunció? Los hechos públicos recogidos hasta ahora no permiten afirmarlo con seguridad. La guerra ha producido titulares estruendosos y escenas de destrucción, pero en materia de objetivos estratégicos —desmantelar un programa nuclear, provocar un cambio de régimen— los avances, según la evidencia disponible, son escasos y precarios.
Todo poder que se precie debe someter, además de la fuerza, a la honestidad del balance. No basta colgarse medallas en ruedas de prensa; la política exige claridad sobre lo conseguido y lo que no. Si la administración pretende negociar ahora con Irán, deberá partir del reconocimiento de estas lagunas: ni la retórica ni los fuegos de artificio sustituyen a la verdad ni a la estrategia sostenible.
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