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Venter: el genio rebelde que aceleró la biología y despertó recelos

El legado del científico que privatizó la competencia por el genoma y abrió la era de la vida sintética

Redacción Más España

Redacción · Más España

3 de mayo de 2026 3 min de lectura
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Venter: el genio rebelde que aceleró la biología y despertó recelos
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La pérdida de J. Craig Venter obliga a mirar sin indulgencias ni mitificaciones a la figura del científico que marcó un antes y un después en la biología moderna. Murió a los 79 años, recientemente hospitalizado por efectos secundarios de un tratamiento contra el cáncer. Su trayectoria no cabe en un epitafio complaciente: fue, en vida, un maverick que eligió competir con lo público y transformar el ritmo de la investigación genética.

En los años 80, Venter tomó la decisión que definiría su carrera: abandonar el Proyecto Genoma Humano financiado con fondos públicos para crear Celera, una iniciativa privada dirigida a secuenciar el genoma humano más rápido que el esfuerzo oficial. No es una anécdota menor: la apuesta por la velocidad derivó en métodos menos precisos pero muchísimo más rápidos, un cambio de paradigma metodológico que aceleró el acceso al primer borrador del genoma en 2000.

Ese triunfo técnico vino acompañado de tensión pública. Mientras el Proyecto Genoma Humano volcó sus datos a disposición de la comunidad, Celera retuvo inicialmente parte de su información con fines comerciales. La tensión entre apertura científica y lucro quedó ahí, patente: Venter acumuló recursos y visibilidad, y con ello críticas que le imputaron priorizar beneficios económicos sobre la transparencia científica.

Su impulso no se detuvo en la secuenciación. Con el Instituto J. Craig Venter en Maryland, reunió a unos 400 científicos con la ambición de crear vida sintética. El equipo publicó en Science la construcción de un genoma bacteriano completo que controlaba una célula —un logro que fue recibido como prueba de concepto y simultáneamente cuestionado por su utilidad práctica inmediata y por la forma confidencial en que se condujeron algunos trabajos.

Las dudas sobre su método y su ética no surgieron de la nada. Venter fue acusado por colegas de operar bajo un manto de confidencialidad comercial, distante del modelo de ciencia abierta defendido por otros biólogos. Incluso su estilo personal —lo ostentoso de sus viajes, la falta de modestia en sus declaraciones públicas— alimentó la polémica. No ayudó que él mismo afirmara en algún momento que el donante anónimo de un genoma secuenciado por Celera era él mismo.

La biografía de Venter ofrece un contraste radical: nacido en 1946 en Salt Lake City, vivió una juventud despreocupada entre el surf y la vida social en California, según relata en su autobiografía publicada en 2007. Esa inconformidad juvenil se tradujo en una carrera adulta marcada por la irreverencia y la voluntad de desafiar estructuras establecidas.

Ni héroe unánime ni villano de opereta: su legado es mixto y vigoroso. Aceleró descubrimientos cruciales sobre las bases genéticas de las enfermedades y abrió la puerta a la biología sintética. A la vez, dejó interrogantes éticos sobre la comercialización del conocimiento y la gobernanza de la innovación biológica. Esa tensión es, en sí misma, una lección para la política científica: acelerar no está reñido con regular; patentizar no puede sustituir a compartir; la ambición individual requiere marcos públicos sólidos.

Si algo exige la herencia de Venter es claridad política: cómo se regula la investigación que cambia la vida, quién tiene acceso a sus resultados y con qué fines se explotan. No se trata de demonizar a los innovadores, sino de exigir reglas que preserven el interés común frente a la tentación de la privatización total del saber. Esa es la discusión que, más allá de los méritos personales, la sociedad debe sostener con rigor y sin complacencias.

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