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Uranio iraní: una materia que divide paz y desconfianza

Entre afirmaciones de Trump y la tajante negación de Teherán, el material estratégico vuelve al centro del tablero internacional

Redacción Más España

Redacción · Más España

24 de abril de 2026 3 min de lectura
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Uranio iraní: una materia que divide paz y desconfianza
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La noticia estalló en forma de acusación: el presidente de Estados Unidos dijo que Irán habría accedido a entregar sus reservas de uranio enriquecido como parte de un acuerdo para poner fin a la guerra. La réplica fue inmediata y rotunda: el viceministro iraní Saeed Khatibzadeh lo calificó de “imposible”. Lo que en apariencia es un breve diálogo diplomático encierra, sin embargo, una realidad técnica y estratégica que no admite equívocos.

El uranio no es una abstracción: es un elemento con isótopos que deciden sus usos. El U-235 es la porción valiosa, la que permite la fisión; el U-238 domina la naturaleza pero no sirve con la misma facilidad. A través de un proceso físico —transformar el mineral en gas y someterlo a centrifugadoras que separan por ligeras diferencias de masa— se incrementa la proporción de U-235. Ese procedimiento, inocuo en términos abstractos, es a la vez la llave de la energía civil y la puerta de lo militar.

Los niveles de enriquecimiento son los que dictan el destino. Entre 3% y 5% está la norma para reactores civiles; alrededor del 20% marca un umbral técnico crítico: buena parte del esfuerzo técnico necesario para avanzar hacia material apto para armas ya se habría completado. El gradiente final, hacia el grado militar cercano al 90%, requiere menos pasos que el recorrido hasta el 20%. No es retórica: es la matemática fría de la industria nuclear.

Esos porcentajes no son irrelevantes en el caso iraní. Según altos funcionarios estadounidenses citados por la fuente, Irán llegó a tener aproximadamente 440 kg de uranio al 60% al inicio de la guerra, material que, por su grado, podría enriquecerse con relativa rapidez hasta umbrales de arma. Además, posee cerca de 1.000 kg al 20% y unos 8.500 kg en torno al 3,6%: la reserva habitual para usos civiles como energía o investigación médica. La mayor parte del material altamente enriquecido se cree almacenada en Isfahán, una de las instalaciones subterráneas atacadas el año pasado.

No es un dato menor la memoria del acuerdo de 2015: ese pacto limitaba el enriquecimiento a 3,67%, restringía las existencias a 300 kg, controlaba el número de centrifugadoras y prohibía el enriquecimiento en la planta subterránea de Fordo. Fue la decisión de Estados Unidos de retirarse de ese marco, en mayo de 2018, la que cambió el paisaje normativo y técnico sobre el que hoy discuten Washington y Teherán.

Por eso el debate sobre qué hacer con las reservas no es sólo una discusión técnica: es una decisión geopolítica. Cada kilo y cada porcentaje son tiempo y capacidad. Entregarlas, dejarlas bajo supervisión, o retenerlas, no son opciones equivalentes; son caminos que marcan la distancia entre la contención y la proliferación. Y mientras la negociación avanza, la comunidad internacional debe medir con rigor técnico y firmeza política las implicaciones de cada paso.

La palabra “imposible” pronunciada por Teherán y la afirmación contraria de Washington son, por tanto, más que dos frases cruzadas: son la expresión de una desconfianza que sólo podrá resolverse con transparencia, verificación y acuerdos que atenúen riesgos reales. En ese terreno, los porcentajes y las toneladas hablan claro: no hay margen para equívocos ni para medias verdades.

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