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Una excursión, un cadáver y diez años de preguntas: la deuda con Victoria

La muerte de una adolescente en una granja de Sao Paulo sigue sin respuestas mientras su padre no deja de buscar justicia

Redacción Más España

Redacción · Más España

20 de abril de 2026 3 min de lectura
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Una excursión, un cadáver y diez años de preguntas: la deuda con Victoria
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El 11 de septiembre de 2015 un grupo de 34 estudiantes de la escuela Waldorf Rudolf Steiner salió rumbo a la Finca Pereiras, en Itatiba, Sao Paulo, para practicar matemáticas y topografía. Victoria Mafra Natalini, de 17 años, formaba parte de ese contingente. La escuela prohibía llevar teléfonos móviles y, por tanto, cortó la comunicación entre padres e hijos; confiamos en que las instituciones cumplen su deber, dice el padre.

A la tarde del quinto día, los alumnos se dividieron para mapear la propiedad. Sobre las 14:30, Victoria avisó que iba al baño y tomó un sendero hacia la casa de campo, a unos 500 metros. Ese fue el último momento en que la vieron sus compañeros. Dos horas después, al no regresar, los estudiantes alertaron a los profesores y comenzó la búsqueda. Las autoridades, según relata su padre, fueron avisadas al anochecer; los familiares llegaron a la finca ya entrada la noche y la búsqueda se suspendió hasta la mañana siguiente.

Un helicóptero policial localizó horas después el cuerpo de Victoria en los alrededores de la finca. No presentaba lesiones visibles ni indicios claros de delito y, en un primer informe del Instituto Médico Legal, la causa fue calificada como indeterminada y señalada como sugerente de muerte natural. Los exámenes informaron además que no había consumo de alcohol ni drogas. Datos que chocaban con la intuición y el dolor de la familia.

La prensa publicó en su momento que Victoria tenía antecedentes de convulsiones; la familia negó esa afirmación. El padre, Joao Carlos Natalini, que define la escena como el peor día de su vida, empezó a cuestionarlo todo: la posición del cuerpo —boca abajo y con los brazos entrelazados— le pareció incompatible con una muerte natural y apuntó a la posibilidad de que el cadáver hubiera sido trasladado.

Frente a la lentitud y la negativa inicial de la policía local a profundizar, Natalini contrató peritos forenses privados. Esos experticios señalaron que, pese a la ausencia de lesiones visibles, había indicios de que Victoria había sido asesinada y movida al lugar donde fue hallada. El informe privado fue presentado a la policía y provocó la reapertura del caso, ahora remitido al Departamento de Homicidios y Protección de Personas (DHPP) de Sao Paulo.

A comienzos de 2016, un nuevo informe del Centro Forense del Departamento de Seguridad Pública confirmó que la causa de la muerte fue "asfixia mecánica, en la modalidad de sofocación directa", lo que sugiere que alguien pudo haberla atacado. La transición desde una calificación inicial de muerte natural a una determinación de sofocación directa plantea, para la familia, un clamoroso contraste entre lo que se expuso públicamente al inicio y lo que la ciencia forense terminó estableciendo.

Casi una década después, el caso de Victoria sigue sin resolverse públicamente y su padre no se ha resignado: ha invertido recursos, ha pedido nuevas pericias y ha mantenido la presión para que la investigación avance. Lo que comenzó como una excursión escolar —con la promesa de prácticas y aprendizaje— terminó convertido en una cuenta abierta con la verdad, una deuda de la investigación con una joven cuyo último deseo era ver a su grupo favorito tras volver a casa.

El relato de esta familia obliga a interrogar a nuestras instituciones: a la responsabilidad de una escuela que limita comunicaciones en un viaje, a la diligencia de las autoridades que investigan muertes en circunstancias poco claras, y al deber de certificar y comunicar con rigor antes que con premura. No son meras sospechas privadas; son hechos que exigen respuestas y, sobre todo, justicia para Victoria.

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