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Un magnate ofrece rescatar a los hipopótamos de Escobar: la solución ajena a un problema nuestro

Anant Ambani se ofrece a recibir a la manada que Colombia debate entre eutanasia y control

Redacción Más España

Redacción · Más España

29 de abril de 2026 2 min de lectura
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Un magnate ofrece rescatar a los hipopótamos de Escobar: la solución ajena a un problema nuestro
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Hay hechos que hablan por sí mismos y no admiten adorno: una manada de hipopótamos que nació de una excentricidad criminal —las importaciones de fauna exótica por Pablo Escobar a la Hacienda Nápoles— se ha reproducido hasta convertirse en un problema de primer orden sobre la cuenca del río Magdalena.

Ante la incapacidad aparente de contener ese crecimiento —unos 80 animales que hoy afrontan la eutanasia por decisión de las autoridades— surge desde el otro lado del planeta una propuesta que mezcla filantropía y notoriedad: Anant Ambani, hijo del multimillonario Mukesh Ambani, ha ofrecido recibir y cuidar a los hipopótamos en su zoológico privado Vantara, en Gujarat (India).

La oferta fue formalizada en una carta del director ejecutivo del zoo publicada en la cuenta de Instagram de Vantara, que afirma su voluntad de brindar "cuidado de por vida" y apela a la convicción de que "toda vida importa". El Gobierno de Colombia, por su parte, no ha hecho comentarios públicos sobre la propuesta.

Los hechos que la opinión no puede soslayar son tozudos: la manada, sin depredadores naturales y asentada en una región fértil y pantanosa, se multiplicó con facilidad; ambientalistas la señalan como especie invasora que desplaza a fauna autóctona; y comunidades pesqueras del Magdalena han sufrido ataques de animales que, recordémoslo, alcanzan pesos y dimensiones colosales.

Vantara no es un santuario diminuto: el complejo alberga unas 2.000 especies y ocupa más de 1.400 hectáreas en Jamnagar, próximo a la refinería de Mukesh Ambani. Pero tampoco es una institución sin críticas: activistas y conservacionistas han cuestionado la idoneidad de un clima cálido y seco para determinadas especies alojadas allí.

Frente a esto, cabe una pregunta que el Gobierno colombiano y la opinión pública deben responder con serenidad y firmeza, sin ceder al fácil aplauso de la propuesta extranjera ni al recurso simplista de la eutanasia masiva: ¿se evalúan con rigor todas las implicaciones —sanitarias, ecológicas, logísticas y legales— de trasladar a decenas de grandes mamíferos al otro lado del mundo? El silencio oficial no ayuda a calmar ciudades ribereñas ni a dar certezas a quienes reclaman soluciones viables.

No se trata de cerrarse a la cooperación internacional ni de negar gestos que, en principio, buscan salvar vidas. Se trata de ordenar los hechos y actuar con la responsabilidad que exige un dilema que no nació ayer: nació de la impunidad y la extravagancia de un capo y hoy golpea a comunidades y ecosistemas colombianos. Antes de celebrar la oferta —o descartarla por dogma— es necesario que el Estado presente análisis técnicos, protocolos claros y una decisión que ponga por delante el interés público y la integridad ecológica.

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