Trump y la FIFA: ¿quién tiene derecho al espectáculo cuando las entradas son lujo?
Los precios dinámicos del Mundial 2026 y la voracidad recaudadora de la FIFA ponen en tela de juicio el acceso popular al fútbol

Redacción · Más España


La FIFA ha convertido el Mundial en una mina de oro tan visible como polémica. Bajo el mandato de Gianni Infantino, y con mecanismos nuevos de comercialización, el organismo organizador se dispone a embolsarse miles de millones de dólares con la Copa del Mundo 2026.
Los hechos son nítidos. Por primera vez se usan precios dinámicos que hacen opacos los cargos y permiten variaciones en tiempo real. Un asiento de categoría 1 que partió de un precio de referencia de unos US$600 en otoño de 2025 hoy se vende generalmente por encima de US$1.000, e incluso el partido inaugural en Ciudad de México tiene entradas de esa categoría por más de US$2.500. Entradas de categoría 3, el nivel más bajo disponible, superan los US$1.000. Para la final, los precios iniciales de categoría 1 comenzaron en más de US$6.000 y a principios de mayo habían superado los US$32.000.
Que Donald Trump, multimillonario y aliado declarado del presidente de la FIFA, diga que no compraría las entradas no es un golpe de efecto menor: denota el alcance del problema. Los altos precios están dejando fuera a muchos aficionados devotos. En Qatar 2022 ya hubo enormes diferencias: entradas de categoría 1 en fase de grupos rondaron los US$220, mientras que residentes qataríes podían acceder a entradas por US$11 en algunos partidos; la final tuvo entradas de categoría 1 alrededor de US$1.600.
La lógica de la FIFA es comprensible desde la contabilidad: la Copa del Mundo es la principal fuente de ingresos en su ciclo de cuatro años. Tras el ciclo de 2019-2022 los ingresos crecieron espectacularmente, pasando de presupuestados US$6.440 millones a US$7.570 millones, con reservas que subieron de US$2.810 millones a US$3.890 millones, y con US$2.800 millones asignados a programas de desarrollo. Ahora, algunos cálculos señalan que el aumento de ingresos por venta de entradas podría ayudar a la FIFA a superar los US$15.000 en ingresos en este ciclo del Mundial, una cifra récord para el organismo.
¿Es defensable esta estrategia? La FIFA puede argumentar que los precios dinámicos recuperan ingresos que antes iban a parar a los revendedores. Pero la innovación comercial choca con una pregunta política y moral: ¿a quién sirve la Copa del Mundo? La FIFA, registrada como organización sin fines de lucro en Suiza y con mandato de promover el fútbol y ampliar su acceso, enfrenta ahora la paradoja de recaudar miles de millones mientras crece la preocupación por la exclusión de los aficionados.
Asimismo, permanece la incertidumbre sobre el destino de esos miles de millones adicionales. La FIFA proclama objetivos de cambio social positivo, pero su historial de acusaciones de corrupción y la falta de transparencia dejan a la sombra cualquier promesa.
No es un debate técnico: es un debate de soberanía popular sobre el deporte. El Mundial no puede convertirse en un privilegiado escaparate para quienes puedan pagarlo todo. Si la Copa debe ser motor de crecimiento y desarrollo del fútbol mundial, las decisiones sobre precios y transparencia deben orientarse hacia el acceso y la rendición de cuentas, no solo hacia cifras récord en las cuentas bancarias.
La pelota está en el tejado de la FIFA. Que la recaudación sea histórica no exime a sus dirigentes de explicar con nitidez cómo se traducirán esos recursos en beneficio del fútbol global y en garantizar que el corazón del campeonato siga latiendo junto a su público, no solo en sus cofres.
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